DEBUT
Corre el minuto 24 de la primera parte. Ricardo “Kaká” traspasa la línea medular y se adentra con el balón en el terreno rival. Con un cambio de zancada deja atrás al primer volante, en un paso de baile dribla al siguiente, todo el estadio es una prefiguración del gol. Un metro antes de la frontal el crack detiene en seco su carrera, el espacio justo entre él y su marca para armar la pierna. Apoya la zurda bien en el verde, retrocede la diestra a gatillo y… es el chasquido. La grada se hincha de estupor. “Kaká” se desvanece y cae al suelo. Ricardo!, Ricardo!, ¿por qué me has abandonado? Una luz torpemente amarilla lo inunda todo, la Voz retumba en el vacío: Estás adorando a dos dioses, Ricardo; te has subido al carro de Baal, Ricardo, y eso no me gusta. Vas a ser castigado. Un grito de alivio unánime resuena en todo el estadio. El astro se levanta, no hay síntomas de lesión alguna. El árbitro inventó falta. Se corea reclamando al maestro, pero “Kaká” parece otro. Observa perplejo a sus compañeros, el esférico es chino. Preso de pánico mira a la grada jaleante y encuentra el impulso. Coloca el cuero y da dos pasos atrás, corre hacia él y dispara. El balón sale mordido y triste hacia los pies de la barrera. Toda la decepción se desparrama por los vomitorios. La cámara capta como el Adjunto al Presidente Valdano se inclina hacia el oído presidencial. Lo que se escucha no es su voz, es el susurro fuera de la Historia: Te dije que era mío.
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CRUELDAD DEL SEMAFORO
Es sólo un segundo antes de que aparezca el hombre rojo: el hombre verde del semáforo no soporta desaparecer otra vez y salta al asfalto. Pero ha pasado demasiado tiempo rígido. Al apoyar contra el suelo una de sus piernas se quiebra. Sentado sobre el paso de cebra, da inaudibles gritos de dolor. Lo sabe: no podrá seguir. El hombre de rojo observa la escena. Intenta permanecer muy quieto, pero por dentro es sólo estupor. Nunca coincidió lo suficiente con el hombre verde. No pudo convencerle de que salir del semáforo era un acto insensato. Pasa un coche. Las luces que componen el cuerpo del hombre verde se dispersan por el humo infame, formando una constelación irreconocible.
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NOSFELATU
Harker, Van Helsing y los tres varones que la pretendieron descienden hasta la tumba de Lucy. Van Helsing está convencido de que ella se ha convertido en vampiro, en una no-muerta, una Nosferatu. No se extraña al encontrar el ataúd vacío. Pero el prometido de la joven fallecida desconoce la ciencia oscura del viejo doctor. Fuera de sí, le encañona con su revólver, le grita que revele dónde está la que iba a convertirse en su esposa. Entonces se escuchan unos pasos; las antorchas se encienden. Para sorpresa de los cinco hombres, Lucy baja las escaleras del sepulcro completamente desnuda, sin niño. Avanza contoneándose hacia ellos, mostrando el esplendor de su cuerpo incorrupto. “Harry, mi Harry”. Al oído del joven amante susurra palabras que hacen a los celos traspasar las fronteras de la muerte: “Quiero tener sexo oral con vosotros, Harry, con los cinco”. Entonces todos los tratados sobre vampiros se llenan de polvo y olvido, y los bravos cazadores se dejan arrastrar sin remedio hacia ese mundo aciago que es la eternidad sin gloria.
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JUGUETES ROTOS
Nos sentamos en la escalera. No queríamos paraguas para una lluvia tan fina. Habíamos pasado la tarde riéndonos de cualquiera que tuviera interés por algo. Los juzgábamos con una severidad espantosa. Si a uno algo le gustaba mucho: ése era un necio. Y sin embargo bastaba con que ella dibujara un garabato en un papel: yo pasaba semanas enteras construyéndoselo. Removía cielo y tierra. Luego se lo daba como quien trae un yogurt de la nevera. Me temblaban las manos. A ella le brillaban los ojos. Pero no debía tener importancia. Me preguntó qué haría ese verano. No me gusta que juegues a la botella, dijo. Nos miramos. Nos habíamos creído especiales. Nos habíamos creído todo. No teníamos brazos.
Versos bufos: el metro
Si vas de pie en el metro,
amigo,
Seriamente te aconsejo:
No te agarres a la barra,
ni te apoyes con el brazo,
no vaya a ser que dé un frenazo
y te pierdas un tetazo
de la tía de la espalda.
Que el mensual vale dinero,
y no hay que poner peros
ni al dentado del caballo.
Y esto otro te digo,
si has de coger un libro:
que no te andes andes con rodeos,
Y aunque parezca feo,
corre delante de abuelas,
dale un codazo al viejo,
tírate un pedo, echa el aliento,
pero pilla un buen asiento
o ya puedes hacer “pesas”;
que de leer y no sentado
el brazo se va cargando,
y el que entra por la puerta,
pese a ver el vagón lleno,
te lo cierra de un plumazo
-el libro-.
Y si no vas muy despierto,
guarda el tomo: para otro trayecto.
Que ahora dan periódicos
que resucitan muertos:
La Tierra arde,
El mar es caldo,
mi piso: para otra vida,
Y nos vigila la CIA.
Ay, qué nervios!
¿Será que soy como esos
que dan en esta estadística?
Si llego hoy al trabajo
ya será una maravilla.
¿A ver qué dice el horóscopo?
Hágase “usté” una tila,
escriba versos,
disfrute la vida;
que no es tan mala compañera
la cabeza
como ella misma
a veces
dice que es.
Como ella misma
a veces
dice que es.
Fantasmas
Éramos niños enfermos. Poco antes de la llegada del gran calor, el Hogar organizó una semana de vacaciones “al borde del mar”. Ninguno de nosotros había estado allí antes, no habíamos tenido quien nos llevara: nuestros padres habían muerto, nuestros abuelos eran mayores, la familia egoísta. Aquella semana, por fin, íbamos a disfrutar como merecíamos. Pasábamos las mañanas cortando rabos de lagartija y persiguiendo libélulas en los marjales. Antes de comer, nuestros cuidadores nos acompañaban a la playa y podíamos bañarnos hasta donde nos dejaban las normas. En esa época el agua estaba todavía muy fría y no nos era permitido más que quedarnos cerca de la orilla, saltando las olas. La tarde la entregábamos por entero a nuestro gran proyecto: construir cuarteles militares para los dos ejércitos en que nos habíamos dividido esa semana. En realidad se trataba de un par de tristes casetas, “un par de casetas birriosas”, como había dicho al verlas nuestro cuidador más joven. Muros hechos de ladrillos inútiles de una obra cercana y techo de palmas caídas hacían de nuestros cuarteles objetivos fácilmente conquistables para cualquiera de los bandos, así que la tarde terminaba siempre con aquellas “fortificaciones” totalmente destrozadas y los dos grupos enfrentados en una torpe batalla campal a base de azotes de palma, casi todos al aire. La enfermedad no nos dejaba, suerte de nuestros cuidadores, sacar todo el odio y ansia homicida que nos provocaba la destrucción mutua de los fortines.
Con la luna ya fuera volvíamos al mar y dejábamos que las olas refrescasen nuestras piernas. Pero la verdadera atracción a esa hora era seguir el movimiento hipnótico de la luz del faro recién encendido. Sólo aquello conseguía hermanar a los dos ejércitos de nuevo. Sentados en la arena fresquísima, esperábamos una y otra vez a que aquel gigante con cabeza de cristal echara su siguiente vistazo y nos alumbrara. Sólo para cenar regresábamos al chalé. Luego volvíamos a la playa, nos sentábamos sobre toallas formando un círculo, se encendía un fanalillo y los cuidadores contaban historias. Lo que más nos interesaba era saber qué hacían cuando no estaban con nosotros, la vida que llevaban fuera del Hogar, cómo eran sus hijos. Queríamos saber cómo era la vida sin enfermedad. Otras veces las historias eran inventadas. Una de las noches el sacerdote que siempre nos acompañaba contó algunas de miedo. Hoy sé que esas historias eran en realidad relatos de Lovecraft y Poe, de cuyos libros el cura tenía que ser un gran admirador, y a los cuales no había dudado en adaptar, según ciertos miedos y amenazas de la fértil imaginería cristiana. Nuestras caras de estupor al oír sus cuentos alimentaban la vanidad del narrador terrorífico que habitaba en aquel hombre, y al final de la noche él mismo estaba tan enfebrecido que acabó por revelarnos algunas de sus aficiones ocultistas. Nos dijo que en ocasiones las fotografías y el magnetófono podían llegar a mostrar mundos a los que nuestros sentidos no tenían acceso. Presencias. Sonidos. Fantasmas… Muertos. Todo eso estaba ahí, pero no para el cuerpo humano. Fantasmas. Muertos. Aquello era demasiado para nuestros nervios y el resto de cuidadores se dieron cuenta. Hicieron callar al sacerdote y volvimos al chalé en silencio. Pero el veneno estaba ya dentro, y aunque nos mandaron enseguida a la cama nos impedía conciliar el sueño. Esas mismas Navidades mi abuelo materno, que desde joven vivió siempre entregado a la fotografía, me había regalado una Polaroid, una SX-70 Polasonic. Decía que si por él fuera le hubiera sacado fotos a cada momento de su vida. Cada instante y lugar eran fotográficamente valiosos para él. Las cámaras digitales lo hubieran vuelto loco. Durante las fiestas se había dedicado a enseñármelo todo sobre la Polaroid. Desde entonces yo la llevaba a todas partes, pero nunca me parecía que fuera el momento de usarla. Definitivamente yo carecía de la hipersensibilidad fotográfica de mi abuelo. Sin embargo, la horrenda confesión del cura me había dado un nuevo encuadre para mi cámara: ahora podía sacar fotos de cosas que no se ven. Sabía que el resto de mis amigos enfermos tampoco dormían. Teníamos un buen motivo común para no hacerlo. Éramos sólo voces en la oscuridad de la habitación. Decidimos que al día siguiente llevaríamos mi SX-70 Polasonic a la playa y la fotografiaríamos tal y como era en esa época del año: un desierto con un montón de agua salada a un lado.
Esa mañana el mar parecía haberse sumergido en un sueño profundo. Las olas roncaban tendiendo sábanas de espuma sobre la orilla. El sol lucía tibio. La arena se acostaba sobre sí misma en un inmenso jergón moreno. Empezamos a fotografiarlo todo: la orilla que pisábamos y la que se extendía hasta las rocas, las duchas sin vida, la torre oxidada del vigilante, el camino extraviándose entre las dunas… Lo que mostraron las fotos al revelarse todavía hoy me sigue estremeciendo: todos aquellos lugares aparecían llenos de gente. Tumbados, de pie, caminando por la orilla. Decenas y decenas de personas. El mar también estaba sembrado de cuerpos. Chapoteaban, nadaban, se ocultaban bajo las olas. Niños como nosotros jugaban con la arena. Nos decíamos que aquello no podía ser cierto, que era imposible. Pero lo teníamos delante. Seguimos haciendo fotos, agitando las Polaroids cada vez más excitados por lo que veíamos, siempre con el mismo resultado, hasta que se hizo la hora de comer. No pude tocar mi plato. Recuerdo aquella turbulencia ingobernable que me impedía siquiera abrir la boca. Durante la hora de la siesta convencí al resto para no contar nada de aquello. Habíamos estado en la marjal -allí se nos permitía ir solos-, como cualquier otra mañana, haciéndole la vida imposible a los insectos y las lagartijas. Tampoco al sacerdote podíamos decirle nada. No nos habría creído, habríamos sacado las Polaroids de no se sabe dónde, querríamos engañarle. Nuestro status de enfermos contínuamente vigilados empeoraría más si cabe. Estuvimos de acuerdo. Tampoco volveríamos a la playa en lo que quedaba de semana. No solos. Únicamente para las veladas nocturnas con los cuidadores. De repente habíamos perdido toda la confianza en aquel lugar.
Sé que en el mundo ocurren hechos para los que no tenemos explicación, al menos de momento. Tampoco es obligado recurrir a la trascendencia. Tomamos unas fotos, y de alguna forma esas fotos mostraron un tiempo en el que no estábamos, pero que estaba allí con nosotros. Las historias del sacerdote nos habían sugestionado, habían recubierto los hechos de fantasía. No hay que tener miedo. Sin embargo, nunca, jamás, he podido ir a una playa en verano.
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UNO
Siempre sospechamos de aquel local. Conocíamos al dueño de una vida anterior. Se trataba de basura, basura nocturna, la misma basura que nosotros habíamos sido durante mucho tiempo. Nos habíamos metido por la nariz su antiguo negocio, junto a él, en los mismos lavabos que él, en un montón de lavabos. Uno de los restaurantes más prósperos, probablemente el mejor restaurante de la ciudad, nos cupo entero por la nariz. Ahora había comprado un bajo en un callejón del barrio y había abierto un pub: Uno. Nunca vimos más de diez personas allí. De allí no sacamos nada. El par de teléfonos de las camareras, novias del dueño y su socio, no los marcamos nunca. Nuestro antiguo amigo jamás nos invitó a una triste copa. En Uno siempre estuvo esquivo, siempre, huidizo. Nunca se fió de nosotros hasta el final, ésa es la verdad, sin duda porque nos creía más inteligentes que él. En eso acertaba. Quizá por eso nunca se abrieron para nosotros aquellas dos puertas intrigantes del oscuro y estrecho pasillo que daba la entrada a Uno. Quizá por eso, porque no se abrieron, han quedado para nosotros como la sospecha del sinfín de aberraciones que pudieron mantener abierto Uno en un callejón al que la ciudad había preferido sin duda no mirar.
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REGALO
Afortunadamente tenemos algunos amigos tras la barra de los bares. Así hemos conocido un montón de historias que merecerían ser contadas, quizá por alguien más dotado que un servidor para las narraciones largas. Como la de este argentino que vino a España huyendo del corralito, divorciado, sin un peso, y a cuya hija llenamos de sencillos regalos. Pequeñas ocurrencias que a veces se acaban convirtiendo, por la imaginación de la niña, en un apuro para el padre. Como el último: un elefante dibujado en una servilleta con el que le dijimos que podría jugar cuanto quisiese. Ahora la niña dice que el elefante ha desaparecido, que se ha fugado, enfadado por no ser de verdad. Y que quiere uno de verdad, que su padre se lo tiene que comprar, uno que no se enfade. Nosotros le pedimos que nos enseñe la servilleta. Ella duda un instante y la trae. Entonces, sin acusarla de nada, le giramos la tortilla: el elefante no ha desaparecido, guapa, no se ha enfadado, está ahí, sólo que resultó ser un elefante blanco con una gruesa piel de tippex.
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AMOR CORRESPONDIDO
Al parecer él se había cansado de sus constantes ausencias, de que siempre estuviera cansada cuando estaba. Mi jefa colgó el teléfono. Era una discusión tan repetida que apenas le afectaba ya. Movió el ratón, allí estaba él, el atractivo actor de la serie de moda, un tapiz de ordenador. Se quedó un rato así, observándolo, con el ratón en la mano, hasta perder del todo la mirada. Entonces mi jefa hizo lo que muchas veces la habíamos visto hacer: se levantó, fue tranquilamente hasta el baño y desapareció allí unos minutos. Luego volvió, se sentó y se puso a trabajar con esa leve sonrisa de beata, la que deja ese amor que siempre es correspondido.
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