Puede que parte del atractivo del llamado Movimiento 15-M haya tenido que ver con la idea del taller. El taller es, según yo lo veo, un lugar donde aprender a hacer algo de una forma más o menos lúdica, en relación con otras personas que comparten ese mismo gusto o interés. Hoy existen talleres de pintura, de costura, talleres –por qué no llamarlos así- de cocina o literatura… Pero no existen talleres de política, de hacer política. Para hacer esto es necesario afiliarse a un partido. Y, como sabemos, los partidos vienen trabajando hace tiempo en una crisis de credibilidad profunda, que se ha extendido, además, desde los más grandes hacia los más pequeños, como una sombra de sospecha que hace dudar de todos a priori, aunque no hayan tocado pelo siquiera. Exigen también una implicación y un compromiso con el ideario y su forma de actuar que generaría tensión en mucha gente. Vamos, que la adaptación de una persona -con todas sus caras- a la estructura de un partido no es fácil. Para algunos podría ser hasta traumática. Sin embargo, esta decepción no ha extinguido por sí sola el deseo de participar de muchos.
Más allá del contenido –ninguna propuesta era demasiado novedosa-, o de la forma –el debate democracia asamblearia, democracia representativa tampoco es nuevo, y en el fondo nadie sensato pide más que la corrección de las limitaciones y posibles abusos de la segunda por la primera-, creo que lo específico del 15-M ha sido el estar en la calle en un momento en que la sensación de distancia con los políticos era muy fuerte. Estar en la calle como un taller, como esa unión entre algo práctico y algo lúdico.
Parece necesario: si algo quiere triunfar hoy tiene que traer consigo entretenimiento. Una parte de juego, vaya. Compromiso, sí, pero también evasión. Quizá por eso las protestas, más que en grandes discursos y manifiestos, vienen en cacerolas y pistolas de agua. Porque, si no, agobian. Dedicarse a la política a fondo agobia. Solo a quien tiene un afán de poder, de influir, de aparecer, superior al común le sale a cuenta.
Si a una situación que se entiende injusta, que despierta deseos de justicia, se le une esa parte de diversión, el éxito está casi asegurado. Pero conviene no olvidarlo: aunque en una sociedad sin grandes convicciones profundas –a lo mejor escondidas en habitaciones desordenadas- lo lúdico es un gancho fundamental, el motor de las personas sigue estando en sus valores. Y, sin embargo… ha sido tal la crítica, tan radical el ataque a las convicciones, a la idea misma de verdad en definitiva, que muchas veces acabamos viviendo nuestras ideas y creencias como neurosis, preguntándonos si creer firmemente en algo es propio de locos. ¿Estaré transformándome en un terrorista noruego? Es la pregunta que puede hacer temblar las piernas de cualquier idea que empiece a coger fuerza. Así que sin la diversión no nos pasamos la píldora.
Pero la diversión, siendo un gancho enorme, también es muy débil: solo dura hasta que encontramos otra cosa que nos entretiene más o, como se dice del amor que no lo es, se gasta de tanto usarla. Por eso cuando se acaba y tendría que aparecer el verdadero compromiso –aquél al que llevan las convicciones profundas-, son pocos los que permanecen.