ESTA HISTORIA (FRAGMENTO)
Libero Parri la abrió. Dentro había gafas, casquete de piel, un fular rojo y un chaquetón que llevaba cosida una etiqueta que decía: D´Ambrosio Parri.
-¿Qué significa esto?
-¿Has oído hablar de las carreras de coches?
Libero Parri había oído hablar de ellas. Eran cosa de ricos.
-Necesito un mecánico que corra conmigo. ¿Qué me dices?
Líbero Parri tragó saliva haciendo un ruido extraño.
[…]
- ¿Y quién convence a Florence? –dijo Libero Parri.
[…]
- De Florence me ocupo yo.
Libero Parri se echó a reír.
- Tú no la conoces.
- Eso lo arreglo yo en un momento.
El conde D´Ambrossio estuvo con Florence unos diez minutos, sentado a la mesa de la cocina. Le explicó lo que eran las carreras, dónde se disputaban y por qué.
- No –dijo ella.
Entonces él le habló del dinero y del público y de los viajes.
- No -dijo ella.
De manera que le explicó lo que significaba la celebridad en el mundo de los negocios. Y le aseguró que delante de aquel taller, dentro de algunos meses, habría cola.
-No –dijo ella.
-¿Por qué?
-Mi marido es un soñador. Y también lo es usted. Despiértense.
Entonces el conde D´Ambrossio estuvo un rato pensando. Luego dijo:
-Quiero contarte algo, Florence. Mi padre era un hombre muy rico. Mucho más rico que yo. Lo dilapidó casi todo persiguiendo un sueño absurdo, un asunto de ferrocarriles, una bestialidad. Le gustaban los trenes. Cuando empezó a vender las propiedades yo me fui donde estaba mi madre y le pregunté: ¿Por qué no lo detienes? Tenía dieciséis años. Mi madre me dio una bofetada. Luego me dijo una frase que ahora usted, Florence, tiene que aprenderse de memoria. Me dijo: si amas a alguien que te ama, nunca desenmascares sus sueños. El más grande e ilógico, eres tú.
“Esta historia” fue escrita por Alessandro Baricco, autor de uno de los libros más bonitos que he leído: “Océano Mar”. Aunque quizá sea más conocido por “Seda”, que no me gustó tanto.
EL BAILE DE LA VICTORIA (FRAGMENTO)
- ¿Querís un chiclet?
- Bueno –dijo Ángel
- Tomó uno y el sabor a menta Adam´s se esparció por su lengua. La mujer le puso una mano en la rodilla.
- ¿Primera vez que venís aquí?
- Sí.
- ¿Conocís las tarifas?
- No.
- Te dejo que me agarrís las tetas y me metái el dedo en la chucha por tres mil pesos, ¿ya?
- ¿Aquí mismo?
- Ando en pelotas debajo del abrigo. Los cuadritos y el sostén los tengo en la cartera. Siempre traigo chiclets de menta porque a veces los huevones andan con mal aliento. Aquí a los clientes les gusta mucho el trago.
- La verdad, oye, es que yo no vine para esto.
- No me vayái a decir que eres fanático del séptimo arte.
- Lo que pasa es que ando buscando a alguien.
- ¿A quién?
- A mi hermana. Dijo que vendría al cine y no sé si es éste.
Un hombre robusto se sentó en la punta de la misma hilera y los resortes del butacón rechinaron bajo su peso.
- Aquí vienen puras putas, cabrito. Anda a buscar a tu hermana en la parroquia. Queda a la vuelta de la esquina.
- Es que se trata de un problema serio, oh. Tengo que encontrarla y avisarla de que la mamá está enferma.
La mujer encendió un fósforo y con la débil llama le miró atentamente los rasgos de su faz hasta que el fuego le quemó las yemas y tiró el palito calcinado al suelo.
- P´tas que soi lindo, huevón.
- No digái eso, ¿querís?
- ¿Tenís dado vuelta el paraguas?
- ¿Yo? Me vuelven loco las mujeres.
- Y entonces aprovecha, caurito. Te dejo que me besís y me mordái los pezones.
- Es que ando pato.
La mujer se apartó ofendida e hizo sonar unas abundantes pulseras doradas que adornaban sus muñecas.
- Lo que pasa es que me encontráis muy vieja.
- Chís, si ni te he mirado.
- Cáchate las mensas tetas que tengo. No como la mina de la película, que parecen dos uvitas no más.
Con un sorpresivo movimiento raptó una mano del chico y la condujo por todo el volumen de sus pechos.
- Están ricas.
- Duritas, ¿te fijaste?
- Sí.
- Te dejo que me las chupís por dos lucas. Todo el tiempo que querái.
- Te dije que no tengo plata, oh. Estoy pato y cesante.
Ella se puso en pie. Se pasó la lengua por los labios y le pinchó la nariz, como regañándolo.
- Los cines para maricones están en el Pasaje de Catedral. No volvái por aquí.
He visto que Fernando Trueba (el hombre que ve a Wyoming con el ojo izquierdo y Telecinco con el derecho -¿lógicamente?-) ha hecho una película con pasajes tan divertidos como éste y otros un poco más tristes pero igualmente entretenidos y sabrosos. Es verdad lo que dice de que el libro tiene película. Ojalá le haya salido bien y podamos disfrutar de un buen rato en el cine.
P.S: “El baile de la Victoria” fue escrito por el chileno Antonio Skármeta. Los dos obtuvieron el premio Planeta en 2003.
