Estiré las piernas sobre la alfombra y dejé caer la cabeza en el cojín. La mezcla de música árabe y chill out no me molestaba, a pesar de que el volumen no era precisamente bajo. Hasta ese momento no había tenido ningún tipo de alucinación visual o auditiva evidente, así que cerré los ojos y solté la cabeza. De repente las fachadas de las casas de Amsterdam empezaron a desfilar en la oscuridad…

pintadas de rojos y verdes fluorescentes. Iban pasando como si yo viajara por el canal muy rápido en una de esas embarcaciones para turistas. Pero la embarcación no estaba; yo mismo tampoco estaba. Sólo la procesión interminable de fachadas de colores. Reírse es algo cotidiano, por mucho que se haga hasta reventar uno no tiene la sensación de estar intoxicado. Pero ver casas de colores moverse a toda velocidad es distinto. Abrí los ojos, sin parar de sonreír. Tenía a Vane a mi lado, recuerdo que empecé a tamborilear con los dedos en sus piernas. Habían pasado dos horas largas desde que me comiera las trufas. Por momentos mi cabeza “normal” aparecía detrás de un seta: es que, dije mirándoles, joder, normalmente cuando ves algo o alguien te dice algo, pues… pues puedes hacer muchas cosas con eso, pero ahora es como si sólo pudiera reírme… Me miraban como si de mi boca fuera a salir una verdad que nos aplastara a todos. Al menos yo tenía esa sensación. Pero nada más lejos. Nina parecía comprenderme: Ya, ya te entiendo… en realidad es como si se redujeran las posibilidades. Exacto, dije, exacto, yo no lo puedo decir mejor. No podía ni aspirar la sisha. Javi se divertía intentando rayarme, se veía que le había tomado gusto a mis reacciones y a mis dramáticas opiniones sobre los clientes del Lost in Amsterdam. Pero es lunes, me decía, ¿esta gente no trabaja o qué? Y yo… pues no parece que trabajen mucho, y otra vez a rodar por las alfombras encogido. Entretanto a todos les había ido entrando el hambre. Eran las cinco de la tarde y buscábamos un restaurante que no hubiera cerrado la cocina -o que la hubiera abierto para la cena-. No nos costó mucho dar con uno. En la misma calle del Lost encontraron un sitio que les hizo gracia. Yo entré primero. La decoración de aquel lugar me agredió desde el primer instante. Eché un par de ojeadas rápidas al local y empecé a avanzar por él buscando el baño. La decoración no me gustaba, no me gustaba lo más mínimo. Avanzaba por el restaurante en busca del servicio, dejando a los demás atrás. Vaya decoración, vaaaaya decoración, decía. Cualquiera podía oírme. Sabía que cualquiera podía oírme, pero no podía preocuparme ni inhibirme. De algún modo sabía que podía dejar en mal lugar a mis amigos, que se podían sentir incómodos, que yo mismo podía quedar como el ojete, pero seguí: Vaaaaaya decoración. La ubicación del baño era uno de los muchos sinsentidos del restaurante para mí, pues se tenía que atravesar una parte de la cocina para llegar hasta él. Al verme allí, en medio de la cocina buscando el servicio, retrocedí. El baño no podía estar ahí. Sencillamente no podía estar ahí. Regresé donde mis amigos, que ya habían cogido sitio. Los miré, me reí, y volví sobre mis pasos. Por descabellado que pareciera el baño estaba allí, atravesando la cocina y bajando unas escaleras estrechísimas. El diseñador de aquel tugurio parecía no haber pensado en la cantidad de personas con trufas encima que podrían visitar el baño de su local. Me senté a la mesa. Seguí mirando las paredes: escenas de mitología griega se mezclaban con pasajes de caza romana. Aquí aparecía una virgen pequeña, allí una virgen enorme te daba la bienvenida al local. Era pavoroso. Me empecé a partir el culo. Aquello no tenía el menor sentido. De nuevo me dirigí a Nina, que aquel día se había quedado con todas la papeletas de mi rifa. Primero pondrían estas cosas griegas y romanas, y luego vendría lo de la Virgen, decía. Les justificaba. Yo no podía. No tiene ni puto sentido, pero ni puto sentido, dije. Al final la gente está claro que hace lo que le da la gana, pero no tiene ni puto sentido. Fíjate en aquella Virgen, ¿qué hace aquí? Me descojonaba. Tenía las manos cruzadas sobre la tripa todo el tiempo. Sin embargo empezaba a conocer demasiado ese estado, me empezaba a aburrir de esperar la siguiente ola de risa. Los platos empezaron a desplegarse en la mesa como en un banquete bíblico. Joder, os estáis dando un festín, decía. Y yo no podía catar nada. Sólo por mantener ese estado de risa permanente. Era jodido. No tenía hambre, pero aquello pintaba fenomenal. Los platos tenían unos colores estupendos, algo estaba fallando si no me lanzaba inmediatamente hacia la carne rojísima o la ensalada hiperverde. Pero no sentía hambre. Vaya plan, dije, aquí, esperando a que me dé la risa, ¿no? Os estáis poniendo ciegos de comer. Quería participar. No me sentía mal por estar al margen, ni porque el camarero me pudiera mirar mal, o porque a aquella pareja le divirtieran mis ataques. Pero quería participar. De repente no me parecía divertido reírme. Quería seguir una conversación y entrar en ella. Quería comerme los mismos exquisitos platos griegos de aquel restaurante infame y multicolor. Además me apretaba la cabeza. En ese momento sonó Celia Cruz. Celia Cruz, dije, la conocida sacerdotisa griega. Todos se rieron. Pero yo quería mi cabeza. Ahora mismo tenía todo lo contrario de una cabeza deseable: ni centrada, ni abierta, ni nada. Prefiero mi cabeza, pensé. Ya me he cansado, dije, voy a comer algo. Saldré un momento y compraré algo en el FEBO (1). Javi dijo que quizá fuera mejor pedir una coca-cola. Me pareció una idea genial. Llamé al camarero y le pedí una coca-cola. Pero aquello era como el restaurante: una aberración. Apenas tenía gas ni sabor. Ojalá fuera coca-cola, susurré. Para colmo no podía beber. A duras penas podía sorber. No me entraba. Hubiera pagado por beberme aquella cara imitación de la coca-cola de un solo trago, pero no podía. Y lo curioso es que me daba risa no poder hacerlo. Tenía los músculos de la cara paralizados en una mueca sonriente, costaba verdaderos esfuerzos moverlos para otra cosa. Era como un joker sin maquillaje. De repente pensé en esos casos que se han conocido últimamente de gente en coma aparente. Ordenar a tu boca que se mueva y que no te haga caso. Intentar mover una pierna y no conseguirlo. Así durante años. Cuesta imaginar algo peor. Unté mantequilla de ajo en un pedazo de pan y me la llevé a la boca. Logré pegar un bocadito, pero masticar me costaba horrores. La boca me va lenta, la boca me va lenta, dije. Parecía que mi mandíbula arrastrara un peso fantasmal. El pan me cayó de las manos. No me preocupaba, era cuestión de tener paciencia. Todavía tenía algún ataque, alguna arrancada. Pero ya estaba bien, no necesita ver más. Me giré hacia Vane. Creo que la vi doble. Pegué un buen trago de aquella coca-cola imposible.
(1). FEBO es una cadena de comida rápida holandesa, mezcla de McDonalds, Kentucky Fried Chicken y croquetas caseras. La comida se presenta en celditas sobre la pared que se abren cuando uno echa el dinero, que tiene que ponerse exacto. Hay máquinas de cambio. Si alguien montara algo así en España se forraría.