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Entradas clasificadas como ‘Uncategorized’

Apócrifo

Diciembre 30, 2009 · Dejar un comentario

Al cumplir su cuarto año José talló tres figuritas en madera imitando tres reyes y las regaló al niño. Desde ese día solía verse a Jesús jugar con ellas en el patio de su casa. Un niño del barrio, de nombre Judas, se detuvo una mañana ante la puerta abierta del patio y viéndolo así le preguntó: “¿Qué haces, Jesús?” Y Jesús le respondió: “Juego con mis reyes”. Judas quiso saber entonces a qué jugaba Jesús con los reyes. “Vienen y me adoran”, dijo Jesús. “¿Te adoran?”, preguntó confundido el otro. “Sí. Mis padres dicen que cuando nací unos reyes vinieron de muy lejos porque estaban muy alegres de que hubiera nacido, y que me trajeron regalos. Y que con esos regalos mi padre pudo abrir la carpintería”. Entonces Judas salió del patio donde Jesús jugaba con las tres figuritas de madera y corrió hasta su casa. Agitado, contó a su madre la historia de Jesús y los Reyes, y le preguntó si aquello era cierto. La madre, que había escuchado atentamente el relato de su hijo, dejó un momento la masa que preparaba y sonrió. “El año que tú y Jesús nacisteis”, dijo, “el rey de Judea regaló tres monedas de oro a las familias que tuvieron su primer hijo, y cuatro a las que les nacía el segundo. Los funcionarios del Rey vinieron a casa y nos dieron las monedas. Así que gracias a que naciste nos dieron cuatro monedas de oro, por ser el segundo de esta casa. Pero no hubo ningún rey, hijo”. Desde entonces Judas envidiaba secretamente a Jesús, a causa de aquellos padres que lo hacían especial, y ansiaba contarle la verdad.

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Vida y muerte en el Tercer Reich (fragmento)

Diciembre 12, 2009 · Dejar un comentario

La Wehrmacht imprimió carteles en los que se ordenaba a la población judía de Kiev reunirse en un lugar público la mañana del 29 de septiembre y se encargó de vigilar la ruta hacia el barranco de las afueras de la ciudad donde se ejecutó a los judíos. Dado que difícilmente se las podía confundir con combatientes, la mayoría de las víctimas cayeron en el engaño de que se las trasladaría a otro lugar; a las ocho de la mañana se habían reunido en el lugar indicado más de treinta mil miembros de la comunidad judía de la ciudad, en su mayoría ancianos o personas muy jóvenes y, en particular, mujeres. Sin embargo, en contra de lo que esperaban no se los condujo a la estación de tren, sino al cementerio judío y al barranco de Babi Yar. “Todavía recuerdo el horror que invadió a los judíos cuando llegaron al borde del barranco y pudieron ver por primera vez los cuerpos que había abajo -relató Kurt Werner, un tirador de las SS, en su testimonio sobre la masacre-. Muchos de ellos empezaron a gritar dominados por el miedo. Nadie puede imaginarse los nervios que había que tener para continuar con una labor tan desagradable.” Los guardias dirigían a los judíos hacia “diferentes lugares, donde primero tenían que dejar su equipaje, luego sus abrigos, zapatos, y demás prendas, y finalmente su ropa interior”. Después de unos cuantos minutos las víctimas quedaban desnudas. A continuación, miembros de la policía ucraniana los empujaban al borde del barranco. En el testimonio que ofreció después de terminada la guerra, Werner recordaba así lo ocurrido: “Tenían que acostarse boca abajo. En el barranco había tres grupos de soldados, cada uno de los cuales estaba formado por unos doce hombres. Constantemente llegaban nuevos grupos de judíos. Los recién llegados tenían que echarse encima de los cadáveres de los judíos que acababan de ser ejecutados”.

Peter Fritzsche, “Vida y muerte en el Tercer Reich”, Crítica, 2008.

The Babi-Yar Gallery

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Shoeshine

Diciembre 10, 2009 · Dejar un comentario

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POLUCIÓN DE PELUCHE

Diciembre 9, 2009 · Dejar un comentario

No pudo mantenerse insensible el peluche a su condición de ser-para-el-roce. Amaneció hoy ligeramente deshilachado en un costado, orugas de blanca fibra desparramadas por las sábanas. Pobre; ahí lo tenemos tras haberse deslizado furtivo del onírico abrazo de la cariñosa durmiente, en el borde del colchón, decidiendo, enmoquetado de rubor incontenible, si tirarse o esperar que su pueril propietaria despierte y quiera arreglar el descosido.

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Pinacoteca psiquiátrica en España 1917-1990

Diciembre 8, 2009 · Dejar un comentario

(…) La emergencia de las vanguardias europeas posibilitó que la pintura psiquiátrica se proyectara fuera de los muros manicomiales. Los locos, que podían ser artistas, mostraron su obra no sólo como un reflejo de sus procesos morbosos, sino también como obras de arte capaces de conmover por la originalidad de sus formas y de sus contenidos. Las obras mostraban los tenues límites entre la creación de artistas sanos o enfermos, erigiéndose como un hecho cultural mas allá de las etiquetas, a menudo peyorativas, que imponían los diagnósticos psiquiátricos. (…)

Tierno, ¿verdad?

Hasta el 24 de enero de 2010 en La Nau.

Fuente:http://www.uv.es/cultura/c/docs/exppinacotecapsiquiatrica09cast.htm

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Ideas para inicios de novelas capaces de crear (si se dan las condiciones) polémica mediática

Diciembre 7, 2009 · Dejar un comentario

1) Desde su infancia más tierna, el comportamiento de Hammon Al Habugi había sido estrechamente vigilado por los guardianes de la ley islámica.

2) La bajísima participación no fue obstáculo para que el Presidente alcanzara su cuarto mandato. Con el veinte por ciento de los votos emitidos había barrido al resto de candidatos. El pueblo había hablado. Sólo una sentencia desfavorable en un viejo caso de pederastia podía acabar ahora con las esperanzas que las profundas reformas prometidas…

3) No era la primera vez que el camarlengo entraba en su aposento sin llamar. El Papa guardó el típex en el cajón y se volvió hacia el cardenal. ¿Qué pasa?, preguntó, visiblemente contrariado.

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The beach boys – All I wanna do

Diciembre 6, 2009 · Dejar un comentario

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Sonidos antiguos

Diciembre 5, 2009 · Dejar un comentario

Emocionante, ¿verdad?

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Perdón

Diciembre 5, 2009 · Dejar un comentario

A mí, en realidad, me encanta Celia Cruz.

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Trufas mágicas: Una crónica sonriente (II)

Diciembre 4, 2009 · Dejar un comentario

Estiré las piernas sobre la alfombra y dejé caer la cabeza en el cojín. La mezcla de música árabe y chill out no me molestaba, a pesar de que el volumen no era precisamente bajo. Hasta ese momento no había tenido ningún tipo de alucinación visual o auditiva evidente, así que cerré los ojos y solté la cabeza. De repente las fachadas de las casas de Amsterdam empezaron a desfilar en la oscuridad…

 pintadas de rojos y verdes fluorescentes. Iban pasando como si yo viajara por el canal muy rápido en una de esas embarcaciones para turistas. Pero la embarcación no estaba; yo mismo tampoco estaba. Sólo la procesión interminable de fachadas de colores. Reírse es algo cotidiano, por mucho que se haga hasta reventar uno no tiene la sensación de estar intoxicado. Pero ver casas de colores moverse a toda velocidad es distinto. Abrí los ojos, sin parar de sonreír. Tenía a Vane a mi lado, recuerdo que empecé a tamborilear con los dedos en sus piernas. Habían pasado dos horas largas desde que me comiera las trufas. Por momentos mi cabeza “normal” aparecía detrás de un seta: es que, dije mirándoles, joder, normalmente cuando ves algo o alguien te dice algo, pues… pues puedes hacer muchas cosas con eso, pero ahora es como si sólo pudiera reírme… Me miraban como si de mi boca fuera a salir una verdad que nos aplastara a todos. Al menos yo tenía esa sensación. Pero nada más lejos. Nina parecía comprenderme: Ya, ya te entiendo… en realidad es como si se redujeran las posibilidades. Exacto, dije, exacto, yo no lo puedo decir mejor. No podía ni aspirar la sisha. Javi se divertía intentando rayarme, se veía que le había tomado gusto a mis reacciones y a mis dramáticas opiniones sobre los clientes del Lost in Amsterdam. Pero es lunes, me decía, ¿esta gente no trabaja o qué? Y yo… pues no parece que trabajen mucho, y otra vez a rodar por las alfombras encogido. Entretanto a todos les había ido entrando el hambre. Eran las cinco de la tarde y buscábamos un restaurante que no hubiera cerrado la cocina -o que la hubiera abierto para la cena-. No nos costó mucho dar con uno. En la misma calle del Lost encontraron un sitio que les hizo gracia. Yo entré primero. La decoración de aquel lugar me agredió desde el primer instante. Eché un par de ojeadas rápidas al local y empecé a avanzar por él buscando el baño. La decoración no me gustaba, no me gustaba lo más mínimo. Avanzaba por el restaurante en busca del servicio, dejando a los demás atrás. Vaya decoración, vaaaaya decoración, decía. Cualquiera podía oírme. Sabía que cualquiera podía oírme, pero no podía preocuparme ni inhibirme. De algún modo sabía que podía dejar en mal lugar a mis amigos, que se podían sentir incómodos, que yo mismo podía quedar como el ojete, pero seguí: Vaaaaaya decoración. La ubicación del baño era uno de los muchos sinsentidos del restaurante para mí, pues se tenía que atravesar una parte de la cocina para llegar hasta él. Al verme allí, en medio de la cocina buscando el servicio, retrocedí. El baño no podía estar ahí. Sencillamente no podía estar ahí. Regresé donde mis amigos, que ya habían cogido sitio. Los miré, me reí, y volví sobre mis pasos. Por descabellado que pareciera el baño estaba allí, atravesando la cocina y bajando unas escaleras estrechísimas. El diseñador de aquel tugurio parecía no haber pensado en la cantidad de personas con trufas encima que podrían visitar el baño de su local. Me senté a la mesa. Seguí mirando las paredes: escenas de mitología griega se mezclaban con pasajes de caza romana. Aquí aparecía una virgen pequeña, allí una virgen enorme te daba la bienvenida al local. Era pavoroso. Me empecé a partir el culo. Aquello no tenía el menor sentido.  De nuevo me dirigí a Nina, que aquel día se había quedado con todas la papeletas de mi rifa. Primero pondrían estas cosas griegas y romanas, y luego vendría lo de la Virgen, decía. Les justificaba. Yo no podía. No tiene ni puto sentido, pero ni puto sentido, dije. Al final la gente está claro que hace lo que le da la gana, pero no tiene ni puto sentido. Fíjate en aquella Virgen, ¿qué hace aquí? Me descojonaba. Tenía las manos cruzadas sobre la tripa todo el tiempo. Sin embargo empezaba a conocer demasiado ese estado, me empezaba a aburrir de esperar la siguiente ola de risa. Los platos empezaron a desplegarse en la mesa como en un banquete bíblico. Joder, os estáis dando un festín, decía. Y yo no podía catar nada. Sólo por mantener ese estado de risa permanente. Era jodido. No tenía hambre, pero aquello pintaba fenomenal. Los platos tenían unos colores estupendos, algo estaba fallando si no me lanzaba inmediatamente hacia la carne rojísima o la ensalada hiperverde. Pero no sentía hambre. Vaya plan, dije, aquí, esperando a que me dé la risa, ¿no? Os estáis poniendo ciegos de comer. Quería participar. No me sentía mal por estar al margen, ni porque el camarero me pudiera mirar mal, o porque a aquella pareja le divirtieran mis ataques. Pero quería participar. De repente no me parecía divertido reírme. Quería seguir una conversación y entrar en ella. Quería comerme los mismos exquisitos platos griegos de aquel restaurante infame y multicolor. Además me apretaba la cabeza. En ese momento sonó Celia Cruz. Celia Cruz, dije, la conocida sacerdotisa griega. Todos se rieron. Pero yo quería mi cabeza. Ahora mismo tenía todo lo contrario de una cabeza deseable: ni centrada, ni abierta, ni nada. Prefiero mi cabeza, pensé. Ya me he cansado, dije, voy a comer algo. Saldré un momento y compraré algo en el FEBO (1). Javi dijo que quizá fuera mejor pedir una coca-cola. Me pareció una idea genial. Llamé al camarero y le pedí una coca-cola. Pero aquello era como el restaurante: una aberración. Apenas tenía gas ni sabor. Ojalá fuera coca-cola, susurré. Para colmo no podía beber. A duras penas podía sorber. No me entraba. Hubiera pagado por beberme aquella cara imitación de la coca-cola de un solo trago, pero no podía. Y lo curioso es que me daba risa no poder hacerlo. Tenía los músculos de la cara paralizados en una mueca sonriente, costaba verdaderos esfuerzos moverlos para otra cosa. Era como un joker sin maquillaje. De repente pensé en esos casos que se han conocido últimamente de gente en coma aparente. Ordenar a tu boca que se mueva y que no te haga caso. Intentar mover una pierna y no conseguirlo. Así durante años. Cuesta imaginar algo peor. Unté mantequilla de ajo en un pedazo de pan y me la llevé a la boca. Logré pegar un bocadito, pero masticar me costaba horrores. La boca me va lenta, la boca me va lenta, dije. Parecía que mi mandíbula arrastrara un peso fantasmal. El pan me cayó de las manos. No me preocupaba, era cuestión de tener paciencia. Todavía tenía algún ataque, alguna arrancada. Pero ya estaba bien, no necesita ver más. Me giré hacia Vane. Creo que la vi doble. Pegué un buen trago de aquella coca-cola imposible.

 

(1). FEBO es una cadena de comida rápida holandesa, mezcla de McDonalds, Kentucky Fried Chicken y croquetas caseras. La comida se presenta en celditas sobre la pared que se abren cuando uno echa el dinero, que tiene que ponerse exacto. Hay máquinas de cambio. Si alguien montara algo así en España se forraría.

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