Esto es lo que le ha sucedido a Lilly Allen después de atiborrase de burritos.
Esto es lo que le ha sucedido a Lilly Allen después de atiborrase de burritos.
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Todavía no he contado aquí el motivo por el que este blog tiene este título: Vete por el palacio. Vete por el palacio era lo que me decía mi abuela cuando me iba de casa de mis tíos, donde vivía. El camino del Palacio era el que más luz tenía del pueblo. Por el camino del Molino llegaba algo antes a mi casa, pero suponía ir por una calle desierta a las once de la noche, desierta y sin luz. Yo siempre iba por el camino del Molino. Mi abuela era miedosa y valiente. Aunque apenas se veía, en verano salía a andar por la playa al menos dos horas. Cuando ella volvía yo llegaba. Nos cruzábamos en el camino. Yo cambiaba la voz y le decía: Buenos días, señora Carmen. Entonces ella preguntaba que quién era, y yo ya con la mía le decía que yo. Me llamaba maricón, que no me metiera muy hondo. Tenía ese apego animal a la sangre que de tanto verlo en ella para mí ha quedado como un apego andaluz, porque ella era andaluza. No toleraba críticas externas a la familia, del tipo que fuesen, con razón o sin ella, ninguna. Incluso los primos que no tenían relación de sangre con nosotros no dejaron de ser nunca “forasteros”. A cambio pagaba con noches de insomnio cuando nos pasaba cualquier cosa mala. Se perdía en cavilaciones dándole vueltas a nuestros problemas. En los últimos años oía bastante mal, menos cuando decías algo sobre ella. Entonces oía como un pianista. Siempre veía la tele con auriculares. Escuchaba mucho la radio. Oía por las mañanas a Luis del Olmo y el resto del día la SER, pero era furibundamente antisocialista. Les tenía un odio africano. Me divertía mucho oírla. Siempre me decía que no hablara nunca de política. “Cuando vayas a casa de E…, no hables de política”. Eran socialistas, claro. Le encantaba sentarse a la fresca y hablar con unos y con otros. Sabía más de gente del pueblo que cualquier persona que no fuera inmigrante como ella. Sabía más que mis tíos maternos y que mi madre, que nacieron aquí. Era una apasionada del chisme. Malhablada. Un verano le íbamos contando los tacos diarios. Tuvimos que dejarlo. Era cristiana, cristiana de ir a misa, pero no creía que le esperara nada después de morir. Le tenía pánico a la muerte. Le tenía un miedo enorme. Puede que ni siquiera creyera en Dios, pero tenía estampas por toda su habitación. No creo que Jesús le interesara, pero se pasaba media hora cada mañana delante de la imagen del Cristo rezando. Juzgaba a la gente con una malicia para mí inigualable. No podía estar sola. Estar sola le espantaba, tenía que estar con gente, enterarse de todo. Nunca llamaba a nadie por su nombre, tenía sobrenombres para todos. Aquélla era “la de las tetas gordas”, aquél, “el nieto del abuelo”, porque al abuelo lo conocía más. La gente le tenía cariño, era divertido oírla. Tenía asma, se ahogaba, pero aguantó un par de infartos que hubieran tumbado un elefante. No soportaba estar en el hospital, pero la última vez que salió de uno tenía miedo al verse fuera. Recuerdo que subimos los dos en el ascensor a casa de mis tíos y nos encontramos una vecina. Aquélla le preguntó cómo estaba y mi abuela apenas pudo decir nada de la emoción de verse otra vez en casa y otra vez con la vecina, y de intentar hablar y demostrarle que estaba bien y no querer parecer enferma. Temí que le diera otro ataque ahí mismo y me enfadé por dentro con la vecina por atosigarla. Ya en casa, no sé cómo, salió el tema de dónde estaba enterrado mi abuelo. Él murió cuando mi abuela estaba embarazada de mi padre. A ella la enterrarían con él, en el pueblo. Allí está el maricón, dijo.
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Etiquetado: jorge drexler, vídeo
Le oí coger la badana de afilar. Todavía me dolía la pierna derecha. No servía de nada, habiendo sufrido la badana antes muchas veces. El mundo entero estaba allí fuera indiferente a todo, pero no servía de nada. Había millones de personas ahí fuera, perros, gatos, pájaros, edificios, calles, pero no importaba. Sólo estaba mi padre y la badana de afilar, el baño y yo. Usaba aquella badana para afilar la navaja de afeitar, y por las mañanas temprano yo le odiaba con su cara blanca de espuma, de pie delante del espejo afeitándose. Entonces me pegó el primer golpe. El sonido de la badana era plano y fuerte, el sonido era casi tan malo como el dolor del golpe. La badana cayó otra vez. Era como si mi padre fuera una máquina golpeando con aquella badana. Tenía el sentimiento de estar en una tumba. La badana cayó otra vez y yo pensé que aquella seguramente era la última. Pero no lo era. Cayó otra vez. Yo no le odiaba. Simplemente, no podía creérmelo, quería librarme de él. No podía llorar. Me sentía demasiado mal para llorar, demasiado confundido. La badana cayó otra vez, luego se detuvo. Yo me puse de pie y esperé. Le oí colgar la badana.
-La próxima vez -dijo-, no quiero encontrar ni una hoja.
Le oí salir del baño. Cerró la puerta. Las paredes eran hermosas, la bañera era hermosa, el lavabo y la cortina de la ducha eran hermosos, hasta el wáter era hermoso. Mi padre se había ido.
“La senda del perdedor” fue escrito por Charles Bukowsky.
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Etiquetado: bukowsky, fragmento, la senda del perdedor
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Antes de dar mi opinión sobre Ágora creo que será mejor aclarar algo: puedo ser muy despistado. A veces oigo las cosas hasta la mitad o retengo datos totalmente inciertos y los doy por verdad. Qué se le va a hacer: yo no sabía que Ágora duraba -¿tan sólo?- dos horas. En alguna parte debí entender algo de un metraje absolutamente insano y durante semanas he estado evitándola sólo por eso. Pero no he podido resistirme, quería tener mi opinión en el asunto y lo he conseguido. No soy crítico de cine. ¿Pruebas? La frase tan peregrina e insulsa con que voy a empezar: la película se deja ver. Y es que muchas personas de las que me fío me la habían puesto tan mal que ya estaba por esperarme al videoclub. Ni tan larga ni tan lenta. Sí me voy con la impresión de ver una película de buenos y malos, de personajes quizá, como suele decirse, algo planos. Eso siempre me deja mal sabor, sensación de irrealidad. En el fondo es darlo masticadito. Claro que esto tiene sus ventajas cuando quieres lanzar un mensaje: todo queda muy claro. Se digiere bien. Y yo además, hasta mira, creo que Aménabar tiene un buen propósito. Sí sí. El mío no es descubrir América. Amenábar critica el fanatismo religioso. La imposición violenta de las creencias por parte de los que hasta hace nada habían sido perseguidos y violentados. Y de paso pone por las nubes las bondades de la razón y de la ciencia y del espítiru crítico y de la autonomía a la hora de actuar. Supongo que lo habrá dicho en tantas entrevistas que hasta me da un poco de cosa el repetirlo. Es así. Y eso creo que queda claro y lo hace bien. Yo no pienso que una película tenga que contar verdades históricas, para eso están los documentales. Pero mira, Alejandro, es que joder, últimamente las causas razonables las estás apoyando en personajes que no dan la talla. Porque lo siento, pero tu Hipatia no me emociona. Porque te estás empeñando en encumbrar a héroes fríos, que de tan fieles a su conciencia y a sus creencias y a su forma de ver las cosas al fin resultan tan intransigentes como los que criticas. Es que acaban por no ver a la gente que tienen delante y, vaya, resulta muy difícil emocionarse con ellos. Ya te pasaba con Sampedro, que bien mirado era un gruñón y un cascarrabias y un tío que sólo veía en la gente instrumentos para matarse. Sampedro me cayó fatal. Hipatia no me emociona. No me cuadra una obsesa de la ciencia -por muy certera y atrevida que sea- para combatir el fanatismo religioso. Y sin embargo hay hombres que se enamoran de ella y entonces la película funciona por un momento y hasta se puede echar una lagrimilla. Cuando velan por alguien que no es capaz de amar y que ya no ve más que sus elipses y sus sistemas astronómicos . No quiero aburrir con detalles. Sólo diré lo triste que es recordar que cuando los Estados están flojos todo queda en manos de la turba y de los aprovechados que la dirigen, y ya no se sabe qué es peor. Que hay que mirar con lupa a quien dice hablar en nombre de Dios. Y que no ha habido ningún plano que me haya quedado diciendo, joder, qué bueno. Porque lo de la imagen de la Tierra, de alejarse de lo que sucede, de tomar distancia, de relativizar, lo he visto en tantos forwards que no creía que te atrevieras, Alejandro. Aunque a veces no está mal que nos lo recuerden.
Puede que no sea una obra maestra, pero bien mirado, para lo que se hace, y con las cosas que nos hemos tragado, ¿por qué no?
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Tenía una maleta de cartón que se estaba cayendo a pedazos. En otros tiempos había sido negra, pero la cubierta negra se había pelado y el cartón amarillo había quedado al descubierto. Había tratado de arreglarlo cubriendo el cartón con betún negro. Mientras caminaba bajo la lluvia, el betún de la maleta se iba corriendo y sin darme cuenta me iba pintando rayas negras en ambas perneras del pantalón al cambiarme la maleta de una mano a otra.
“Factotum” fue escrito por Charles Bukowsky.
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Etiquetado: bukowski, factotum, fragmento

Hace ya diez años que algunos de mis amigos tuvieron la idea de pasar la noche del 31 de octubre jugando al Cluedo, el Clue americano. En este caso no se trataba de resolver un asesinato alrededor de una mesa, como quería su creador, sino de interpretar cada uno de los presentes un personaje, crear una trama entre ellos y finalmente, sí, cargarse a uno y tratar de descubrir quién ha sido. Es difícil justificar una costumbre de estas características. Muchas veces me he preguntado si no sería mejor romper cualquier vínculo con estos amigos y dejar, sin más, que acaben matándose entre ellos, como sin duda temo que ocurrirá algún día. De momento no he sido capaz de hacerlo. Continúo tentando la suerte y cualquier cosa que me ocurra no será atribuible más que a mi responsabilidad. Sin embargo es verdad: no todo es desagradable en organizar algo así. Gracias a este disparate he podido conocer pintorescos lugares de otros países, enclaves siniestros que mis amigos, ociosos herederos de bienes inmuebles, se encargan de alquilar para el terrible juego. Nuestros locos disfraces se han paseado entre la procesión de cruces de Normandía, se han empapado de la implacable lluvia otoñal de la Provenza, han observado en solemne silencio el horizonte de las Highlands… Y aunque el sueño temerario de algunos es trasladar esta noche a las cercanías del Paso del Borgo rumano, no siempre el resto, la desoxigenada clase trabajadora, podemos permitirnos semejantes excesos. La tan traída crisis se alarga ya más de la cuenta, y este año el escenario de la locura será Orrios, un pequeño pueblo de Teruel, entera propiedad de la familia de una de mis amigas, la familia Monzón. Tuve la oportunidad de visitar el lugar el fin de semana pasado. Los organizadores principales del juego me habían encargado que buscase localizaciones terribles que sirvieran de marco para algunos sucesos de la trama, y aproveché la presencia de algunos familiares de mi amiga para acercarme y, aprovechándome de su hospitalidad, poder llevar a cabo tranquilamente la labor que se me había encomendado. Llegué alrededor de las siete, por el camino del río. La calle principal del pueblo está en obras, y para llegar a la casa de mis anfitriones hay que atravesarla por necesidad. La única alternativa es el camino del bosque. Estrecho, espeso en los márgenes. El río lo acompaña bailando triste hasta despegarse al final del pueblo. Hasta la casa de mi amiga. A esa hora ninguno de los mayores estaba allí. Todos salvo una de las primas pequeñas habían salido a recoger nueces de los campos. No me apetecía quedarme en casa, así que decidí dar una vuelta sin alejarme demasiado. Sabía que en cuanto empezara a caer la noche mis amigos irían apareciendo y disfrutaría de su agradable compañía. Durante el viaje había estado barajando posibles localizaciones para el juego y ahora tenía un poco de tiempo para acercarme. Resulta obvio que una de las primeras que se me ocurriera fuera el cementerio. Toda mi vida he sido un apasionado de los cementerios, si es que la palabra pasión se deja llevar a un lugar así. Me gusta caminar por ellos y leer las inscripciones de las lápidas, observar las fotos de los que allí están enterrados, dejarme invadir por esa sensación de melancólica paz que produce pensar que todo acaba. Enfilé la pequeña cuesta que sube hasta el camposanto y abrí la puerta. En Orrios uno puede visitar a sus muertos a cualquier hora, cualquier día del año. El lugar es pequeño. Las cruces coronan las tumbas sembradas en la parte antigua. El tiempo ha borrado aquí gran parte de las inscripciones, pero todavía deja ver que el cementerio es en su gran parte la fúnebre residencia de los antepasados de mi amiga. El estrecho camino principal avanza entre cruces más sólidas hasta los nichos recientes, hijos del limitado espacio. No cabremos todos. Me entretengo leyendo las inscripciones, todavía de día, fijándome en las fechas de las lápidas. Me demoro en las muertes tempranas. Miro esas fotos. La luz agoniza y salgo de allí, pensando que será buena idea hacer una visita nocturna. Al fin y al cabo el juego tendrá lugar de noche; quiero ver qué sensaciones aporta la oscuridad al lugar. Cuando llego mis amigos ya están en casa. El tiempo discurre entre juegos de palabras y de mesa, observando con fugaz envidia la abundante y sabrosa comida. Cae la noche y propongo a mis amigos hacer una visita al cementerio. Prefiero no revelarles que ya estuve durante la tarde. No quiero que piensen que soy víctima de una oscura y extraña manía. Encabezando el gusano de infantiles faroles me veo subiendo de nuevo la cuesta que lleva al lugar. Contra lo que pueda pensarse, la compañía no hace que la sugestión y el miedo disminuyan. Son las historas que inventamos, los comentarios que hacemos los que van añadiendo imágenes y sensaciones al paisaje. Queremos reírnos del miedo, y logramos exactamente lo contrario. Porque reírnos del miedo nos recuerda que el miedo está ahí. El lugar funcionará. Ya hay quien quiere volverse. Ya hay quien no ve la necesidad de estar ahí, de exponerse a eso. Abro la puerta. El chirrido de la noche es un chirrido nuevo, un sonido que es hijo de la oscuridad y de la imaginación, ya no se sabe si es real o sólo está en nuestra cabeza. Y no sabemos si somos nosotros u otros los que avanzamos por el camino, con oídos y ojos nuevos, más despiertos, más vivos, por si los muertos. Las cruces parecen más derruidas, la tensa expectación parece hinchar la tierra de las tumbas. Éste es el momento: cualquier cosa que suceda adquirirá un significado enorme. Lo inesperado no será bien recibido. Una de las niñas se aprieta contra quien lleva al lado hasta hacerle rozar una rama. El sonido la espanta y sale corriendo. Nos reímos de su miedo, pero la seguimos. La sigo mientras doy rápidas ojeadas alrededor. No es el cementerio de la tarde. Es otro cementerio. Otro completamente distinto. También yo soy otro distinto. Cierro la puerta. Mientras volvemos a casa una de las niñas comenta que en esa pequeña construcción separada es donde se da sepultura a los suicidas.
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… y es que ayer, ante la ¿sorpresa? de muchos y los dientes apretados de la silenciosa y chuleada dirección madrileña, el aparente peso mosca Ricardo Costa se resucitó a sí mismo. Fue como aquellas resurrecciones de Drácula en las películas de la Hammer, cuando de repente algo sucedía con las cenizas del “re-nomuerto” o “no-remuerto” y Christopher Lee aparecía de nuevo en su imponente y sanguinaria condición de ser que no se refleja en el espejo, y uno se quedaba diciendo: pero bueno, ¿¡cómo es posible!? Pues Costa parecido. Recitó sus papeles, y a mi entender muy bien. Con un temple y una calma de envidiar fue repartiendo tranquilamente pellizcos en los culos señalados y susurrando en los oídos que tuvieran que oir amenazas más o menos veladas. Pidió las disculpas del “bon xiquet” a las abuelas y aparentó estar preparado para el cadalso aun sabiendo que no se subiría ni de Blas. En fin, estuvo todo lo diabólico que puede estar un demonio de Lacoste. A fin de cuentas tenía buena mano. Luego dejó sus papeles y apareció el bobo de las poses, de los tics, de las risitas que en una millonésima de segundo son capaces de deformar toda una cara y dejan a todos los presentes aguantándose la risa. Apareció este ser con un pan bajo el brazo… con un pan que era una hostia a González Pons con la mano abierta. Le llamó amigo y dijo, qué pésimo momento, que en el PP la fiesta no acaba nunca. Costa, es que estuviste malo malo. Maloso. Ahora me caes mejor.
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Libero Parri la abrió. Dentro había gafas, casquete de piel, un fular rojo y un chaquetón que llevaba cosida una etiqueta que decía: D´Ambrosio Parri.
-¿Qué significa esto?
-¿Has oído hablar de las carreras de coches?
Libero Parri había oído hablar de ellas. Eran cosa de ricos.
-Necesito un mecánico que corra conmigo. ¿Qué me dices?
Líbero Parri tragó saliva haciendo un ruido extraño.
[…]
- ¿Y quién convence a Florence? –dijo Libero Parri.
[…]
- De Florence me ocupo yo.
Libero Parri se echó a reír.
- Tú no la conoces.
- Eso lo arreglo yo en un momento.
El conde D´Ambrossio estuvo con Florence unos diez minutos, sentado a la mesa de la cocina. Le explicó lo que eran las carreras, dónde se disputaban y por qué.
- No –dijo ella.
Entonces él le habló del dinero y del público y de los viajes.
- No -dijo ella.
De manera que le explicó lo que significaba la celebridad en el mundo de los negocios. Y le aseguró que delante de aquel taller, dentro de algunos meses, habría cola.
-No –dijo ella.
-¿Por qué?
-Mi marido es un soñador. Y también lo es usted. Despiértense.
Entonces el conde D´Ambrossio estuvo un rato pensando. Luego dijo:
-Quiero contarte algo, Florence. Mi padre era un hombre muy rico. Mucho más rico que yo. Lo dilapidó casi todo persiguiendo un sueño absurdo, un asunto de ferrocarriles, una bestialidad. Le gustaban los trenes. Cuando empezó a vender las propiedades yo me fui donde estaba mi madre y le pregunté: ¿Por qué no lo detienes? Tenía dieciséis años. Mi madre me dio una bofetada. Luego me dijo una frase que ahora usted, Florence, tiene que aprenderse de memoria. Me dijo: si amas a alguien que te ama, nunca desenmascares sus sueños. El más grande e ilógico, eres tú.
“Esta historia” fue escrita por Alessandro Baricco, autor de uno de los libros más bonitos que he leído: “Océano Mar”. Aunque quizá sea más conocido por “Seda”, que no me gustó tanto.
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