Archivo mensual: febrero 2009

Fleet Foxes – English House

Lyrics

Fantasmas

Éramos niños enfermos. Poco antes de la llegada del gran calor, el Hogar organizó una semana de vacaciones “al borde del mar”. Ninguno de nosotros había estado allí antes, no habíamos tenido quien nos llevara: nuestros padres habían muerto, nuestros abuelos eran mayores, la familia egoísta. Aquella semana, por fin, íbamos a disfrutar como merecíamos. Pasábamos las mañanas cortando rabos de lagartija y  persiguiendo libélulas en los marjales. Antes de comer, nuestros cuidadores nos acompañaban a la playa y podíamos bañarnos hasta donde nos dejaban las normas. En esa época el agua estaba todavía muy fría y no nos era permitido más que quedarnos cerca de la orilla, saltando las olas. La tarde la entregábamos por entero a nuestro gran proyecto: construir cuarteles militares para los dos ejércitos en que nos habíamos dividido esa semana. En realidad se trataba de un par de tristes casetas, “un par de casetas birriosas”, como había dicho al verlas nuestro cuidador más joven. Muros hechos de ladrillos inútiles de una obra cercana y techo de palmas caídas hacían de nuestros cuarteles objetivos fácilmente conquistables para cualquiera de los bandos, así que la tarde terminaba siempre con aquellas “fortificaciones” totalmente destrozadas y los dos grupos enfrentados en una torpe batalla campal a base de azotes de palma, casi todos al aire. La enfermedad no nos dejaba, suerte de nuestros cuidadores, sacar todo el odio y ansia homicida que nos provocaba la destrucción mutua de los fortines.

Con la luna ya fuera volvíamos al mar y dejábamos que las olas refrescasen nuestras  piernas. Pero la verdadera atracción a esa hora era seguir el movimiento hipnótico de la luz del faro recién encendido. Sólo aquello conseguía hermanar a los dos ejércitos de nuevo. Sentados en la arena fresquísima, esperábamos una y otra vez a que aquel gigante con cabeza de cristal echara su siguiente vistazo y nos alumbrara. Sólo para cenar regresábamos al chalé. Luego volvíamos a la playa, nos sentábamos sobre toallas formando un círculo, se encendía un fanalillo y los cuidadores contaban historias. Lo que más nos interesaba era saber qué hacían cuando no estaban con nosotros, la vida que llevaban fuera del Hogar, cómo eran sus hijos. Queríamos saber cómo era la vida sin enfermedad. Otras veces las historias eran inventadas. Una de las noches el sacerdote que siempre nos acompañaba contó algunas de miedo. Hoy sé que esas historias eran en realidad relatos de Lovecraft y Poe, de cuyos libros el cura tenía que ser un gran admirador, y a los cuales no había dudado en adaptar, según ciertos miedos y amenazas de la fértil imaginería cristiana. Nuestras caras de estupor al oír sus cuentos alimentaban la vanidad del narrador terrorífico que habitaba en aquel hombre, y al final de la noche él mismo estaba tan enfebrecido que acabó por revelarnos algunas de sus aficiones ocultistas. Nos dijo que en ocasiones las fotografías y el magnetófono podían llegar a mostrar mundos a los que nuestros sentidos no tenían acceso. Presencias. Sonidos. Fantasmas… Muertos. Todo eso estaba ahí, pero no para el cuerpo humano. Fantasmas. Muertos. Aquello era demasiado para nuestros nervios y el resto de cuidadores se dieron cuenta. Hicieron callar al sacerdote y volvimos al chalé en silencio. Pero el veneno estaba ya dentro, y aunque nos mandaron enseguida a la cama nos impedía conciliar el sueño. Esas mismas Navidades mi abuelo materno, que desde joven vivió siempre entregado a la fotografía, me había regalado una Polaroid, una SX-70 Polasonic. Decía que si por él fuera le hubiera sacado fotos a cada momento de su vida. Cada instante y lugar eran fotográficamente valiosos para él. Las cámaras digitales lo hubieran vuelto loco. Durante las fiestas se había dedicado a enseñármelo todo sobre la Polaroid. Desde entonces yo la llevaba a todas partes, pero nunca me parecía que fuera el momento de usarla. Definitivamente yo carecía de la hipersensibilidad fotográfica de mi abuelo. Sin embargo, la horrenda confesión del cura me había dado un nuevo encuadre para mi cámara: ahora podía sacar fotos de cosas que no se ven. Sabía que el resto de mis amigos enfermos tampoco dormían. Teníamos un buen motivo común para no hacerlo. Éramos sólo voces en la oscuridad de la habitación. Decidimos que al día siguiente llevaríamos mi SX-70 Polasonic a la playa y la fotografiaríamos tal y como era en esa época del año: un desierto con un montón de agua salada a un lado.

Esa mañana el mar parecía haberse sumergido en un sueño profundo. Las olas roncaban tendiendo sábanas de espuma sobre la orilla. El sol lucía tibio. La arena se acostaba sobre sí misma en un inmenso jergón moreno. Empezamos a fotografiarlo todo: la orilla que pisábamos y la que se extendía hasta las rocas, las duchas sin vida, la torre oxidada del vigilante, el camino extraviándose entre las dunas… Lo que mostraron las fotos al revelarse todavía hoy me sigue estremeciendo: todos aquellos lugares aparecían llenos de gente. Tumbados, de pie, caminando por la orilla. Decenas y decenas de personas. El mar también estaba sembrado de cuerpos. Chapoteaban, nadaban, se ocultaban bajo las olas. Niños como nosotros jugaban con la arena. Nos decíamos que aquello no podía ser cierto, que era imposible. Pero lo teníamos delante. Seguimos haciendo fotos, agitando las Polaroids cada vez más excitados por lo que veíamos, siempre con el mismo resultado, hasta que se hizo la hora de comer. No pude tocar mi plato. Recuerdo aquella turbulencia ingobernable que me impedía siquiera abrir la boca. Durante la hora de la siesta convencí al resto para no contar nada de aquello. Habíamos estado en la marjal -allí se nos permitía ir solos-, como cualquier otra mañana, haciéndole la vida imposible a los insectos y las lagartijas. Tampoco al sacerdote podíamos decirle nada. No nos habría creído, habríamos sacado las Polaroids de no se sabe dónde, querríamos engañarle. Nuestro status de enfermos contínuamente vigilados empeoraría más si cabe. Estuvimos de acuerdo. Tampoco volveríamos a la playa en lo que quedaba de semana. No solos. Únicamente para las veladas nocturnas con los cuidadores. De repente habíamos perdido toda la confianza en aquel lugar.

Sé que en el mundo ocurren hechos para los que no tenemos explicación, al menos de momento. Tampoco es obligado recurrir a la trascendencia. Tomamos unas fotos, y de alguna forma esas fotos mostraron un tiempo en el que no estábamos, pero que estaba allí con nosotros. Las historias del sacerdote nos habían sugestionado, habían recubierto los hechos de fantasía. No hay que tener miedo. Sin embargo, nunca, jamás, he podido ir a una playa en verano. 

 

 

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UNO

Siempre sospechamos de aquel local. Conocíamos al dueño de una vida anterior. Se trataba de basura, basura nocturna, la misma basura que nosotros habíamos sido durante mucho tiempo. Nos habíamos metido por la nariz su antiguo negocio, junto a él, en los mismos lavabos que él, en un montón de lavabos. Uno de los restaurantes más prósperos, probablemente el mejor restaurante de la ciudad, nos cupo entero por la nariz. Ahora había comprado un bajo en un callejón del barrio y había abierto un pub: Uno. Nunca vimos más de diez personas allí. De allí no sacamos nada. El par de teléfonos de las camareras, novias del dueño y su socio, no los marcamos nunca. Nuestro antiguo amigo jamás nos invitó a una triste copa. En Uno siempre estuvo esquivo, siempre, huidizo. Nunca se fió de nosotros hasta el final, ésa es la verdad, sin duda porque nos creía más inteligentes que él. En eso acertaba. Quizá por eso nunca se abrieron para nosotros aquellas dos puertas intrigantes del oscuro y estrecho pasillo que daba la entrada a Uno. Quizá por eso, porque no se abrieron, han quedado para nosotros como la sospecha del sinfín de aberraciones que pudieron mantener abierto Uno en un callejón al que la ciudad había preferido sin duda no mirar. 

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REGALO

Afortunadamente tenemos algunos amigos tras la barra de los bares. Así hemos conocido un montón de historias que merecerían ser contadas, quizá por alguien más dotado que un servidor para las narraciones largas. Como la de este argentino que vino a España huyendo del corralito, divorciado, sin un peso, y a cuya hija llenamos de sencillos regalos. Pequeñas ocurrencias que a veces se acaban convirtiendo, por la imaginación de la niña, en un apuro para el padre. Como el último: un elefante dibujado en una servilleta con el que le dijimos que podría jugar cuanto quisiese. Ahora la niña dice que el elefante ha desaparecido, que se ha fugado, enfadado por no ser de verdad. Y que quiere uno de verdad, que su padre se lo tiene que comprar, uno que no se enfade. Nosotros le pedimos que nos enseñe la servilleta. Ella duda un instante y la trae. Entonces, sin acusarla de nada, le giramos la tortilla: el elefante no ha desaparecido, guapa, no se ha enfadado, está ahí, sólo que resultó ser un elefante blanco con una gruesa piel de tippex.

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AMOR CORRESPONDIDO

Al parecer él se había cansado de sus constantes ausencias, de que siempre estuviera cansada cuando estaba. Mi jefa colgó el teléfono. Era una discusión tan repetida que apenas le afectaba ya. Movió el ratón, allí estaba él, el atractivo actor de la serie de moda, un tapiz de ordenador. Se quedó un rato así, observándolo, con el ratón en la mano, hasta perder del todo la mirada. Entonces mi jefa hizo lo que muchas veces la habíamos visto hacer: se levantó, fue tranquilamente hasta el baño y desapareció allí unos minutos. Luego volvió, se sentó y se puso a trabajar con esa leve sonrisa de beata, la que deja ese amor que siempre es correspondido.

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