Archivo mensual: octubre 2009

CAGARSE DE CLUEDO

cementerio

Hace ya diez años que algunos de mis amigos tuvieron la idea de pasar la noche del 31 de octubre jugando al Cluedo, el Clue americano.  En este caso no se trataba de resolver un asesinato alrededor de una mesa, como quería su creador, sino de interpretar cada uno de los presentes un personaje, crear una trama entre ellos y finalmente, sí, cargarse a uno y tratar de descubrir quién ha sido. Es difícil justificar una costumbre de estas características. Muchas veces me he preguntado si no sería mejor  romper cualquier vínculo con estos amigos y dejar, sin más, que acaben matándose entre ellos, como sin duda temo que ocurrirá algún día. De momento no he sido capaz de hacerlo. Continúo tentando la suerte y cualquier cosa que me ocurra no será atribuible más que a mi responsabilidad.  Sin embargo es verdad:  no todo es desagradable en organizar algo así. Gracias a este disparate he podido conocer pintorescos lugares de otros países, enclaves siniestros que mis amigos, ociosos herederos de bienes inmuebles, se encargan de alquilar para el terrible juego. Nuestros locos disfraces se han paseado entre la procesión de cruces de Normandía, se han empapado de la implacable lluvia otoñal de la Provenza, han observado en solemne silencio el horizonte de las Highlands… Y aunque el sueño temerario de algunos es trasladar esta noche a las cercanías del Paso del Borgo rumano, no siempre el resto, la desoxigenada clase trabajadora, podemos permitirnos semejantes excesos. La tan traída crisis se alarga ya más de la cuenta, y este año el escenario de la locura será Orrios, un pequeño pueblo de Teruel, entera propiedad de la familia de una de mis amigas, la familia Monzón. Tuve la oportunidad de visitar el lugar el fin de semana pasado. Los organizadores principales del juego me habían encargado que buscase localizaciones terribles que sirvieran de marco para algunos sucesos de la trama, y aproveché la presencia de algunos familiares de mi amiga para acercarme y, aprovechándome de su hospitalidad, poder llevar a cabo tranquilamente la labor que se me había encomendado. Llegué alrededor de las siete, por el camino del río. La calle principal del pueblo está en obras, y para llegar a la casa de mis anfitriones hay que atravesarla por necesidad. La única alternativa es el camino del bosque. Estrecho, espeso en los márgenes. El río lo acompaña bailando triste hasta despegarse al final del pueblo. Hasta la casa de mi amiga. A esa hora ninguno de los mayores estaba allí. Todos salvo una de las primas pequeñas habían salido a recoger nueces de los campos.  No me apetecía quedarme en casa, así que decidí dar una vuelta sin alejarme demasiado. Sabía que en cuanto empezara a caer la noche mis amigos irían apareciendo y disfrutaría de su agradable compañía. Durante el viaje había estado barajando posibles localizaciones para el juego y ahora tenía un poco de tiempo para acercarme. Resulta obvio que una de las primeras que se me ocurriera fuera el cementerio. Toda mi vida he sido un apasionado de los cementerios, si es que la palabra pasión se deja llevar a un lugar así. Me gusta caminar por ellos y leer las inscripciones de las lápidas, observar las fotos de los que allí están enterrados, dejarme invadir por esa sensación de melancólica paz que produce pensar que todo acaba. Enfilé la pequeña cuesta que sube hasta el camposanto y abrí la puerta. En Orrios uno puede visitar a  sus muertos a cualquier hora, cualquier día del año. El lugar es pequeño. Las cruces coronan las tumbas sembradas en la parte antigua. El tiempo ha borrado aquí gran parte de las inscripciones, pero todavía deja ver que el cementerio es en su gran parte la fúnebre residencia de los antepasados de mi amiga. El estrecho camino principal avanza entre cruces más sólidas hasta los nichos  recientes, hijos del limitado espacio. No cabremos todos. Me entretengo leyendo las inscripciones, todavía de día, fijándome en las fechas de las lápidas. Me demoro en las muertes tempranas. Miro esas fotos. La luz agoniza y salgo de allí, pensando que será buena idea hacer una visita nocturna. Al fin y al cabo el juego tendrá lugar de noche; quiero ver qué sensaciones  aporta la oscuridad al lugar. Cuando llego mis amigos ya están en casa. El tiempo discurre entre juegos de palabras y de mesa, observando con fugaz envidia la abundante y sabrosa comida. Cae la noche y propongo a mis amigos hacer una visita al cementerio. Prefiero no revelarles que ya estuve durante la tarde. No quiero que piensen que soy víctima de una oscura y extraña manía. Encabezando el gusano de infantiles faroles me veo subiendo de nuevo la cuesta que lleva al lugar. Contra lo que pueda pensarse, la compañía no hace que la sugestión y el miedo disminuyan. Son las historas que inventamos, los comentarios que hacemos los que van añadiendo imágenes y sensaciones al paisaje. Queremos reírnos del miedo, y logramos exactamente lo contrario. Porque reírnos del miedo nos recuerda que el miedo está ahí. El lugar funcionará. Ya hay quien quiere volverse. Ya hay quien no ve la necesidad de estar ahí, de exponerse a eso. Abro la puerta. El chirrido de la noche es un chirrido nuevo, un sonido que es hijo de la oscuridad y de la imaginación, ya no se sabe si es real o sólo está en nuestra cabeza. Y no sabemos si somos nosotros u otros los que avanzamos por el camino, con oídos y ojos nuevos, más despiertos, más vivos, por si los muertos. Las cruces parecen más derruidas, la tensa expectación parece hinchar la tierra de las tumbas. Éste es el momento: cualquier cosa que suceda  adquirirá un significado enorme. Lo inesperado no será bien recibido. Una de las niñas se aprieta contra quien lleva al lado hasta hacerle rozar una rama. El sonido la espanta y sale corriendo. Nos reímos de su miedo, pero la seguimos. La sigo mientras doy rápidas ojeadas alrededor. No es el cementerio de la tarde. Es otro cementerio. Otro completamente distinto. También yo soy otro distinto. Cierro la puerta. Mientras volvemos a casa una de las niñas comenta que en esa pequeña construcción separada es donde se da sepultura a los suicidas.  

CMS

NINOT (AUTO)INDULTAT

costa

… y es que ayer, ante la ¿sorpresa? de muchos y los dientes apretados de la silenciosa y chuleada dirección madrileña, el aparente peso mosca Ricardo Costa se resucitó a sí mismo. Fue como aquellas resurrecciones de Drácula en las películas de la Hammer, cuando de repente algo sucedía con las cenizas del “re-nomuerto” o “no-remuerto” y Christopher Lee aparecía de nuevo en su imponente y sanguinaria condición de ser que no se refleja en el espejo, y uno se quedaba diciendo: pero bueno, ¿¡cómo es posible!? Pues Costa parecido. Recitó sus papeles, y a mi entender muy bien. Con un temple y una calma de envidiar fue repartiendo tranquilamente pellizcos en los culos señalados y susurrando en los oídos que tuvieran que oir amenazas más o menos veladas. Pidió las disculpas del “bon xiquet” a las abuelas y aparentó estar preparado para el cadalso aun sabiendo que no se subiría ni de Blas. En fin, estuvo todo lo diabólico que puede estar un demonio de Lacoste. A fin de cuentas tenía buena mano. Luego dejó sus papeles y apareció el bobo de las poses, de los tics, de las risitas que en una millonésima de segundo son capaces de deformar toda una cara y dejan a todos los presentes aguantándose la risa. Apareció este ser con un pan bajo el brazo… con un pan que era una hostia a González Pons con la mano abierta. Le llamó amigo y dijo, qué pésimo momento, que en el PP la fiesta no acaba nunca. Costa, es que estuviste malo malo. Maloso. Ahora me caes mejor.