Archivo mensual: febrero 2010

Haendel – El Mesías (Obertura)

Debussy – Clair de lune

…(fragmento)

Los grandes almacenes de cultura están casi desiertos. Preferiría no tener que ir a ese lugar a comprar libros, pero en el fondo sé que es donde más fácilmente los encontraré. Me revienta la idea misma de los grandes almacenes de cultura, pero no puedo dejar de pasearme enloquecidamente por ellos, echándole un ojo a todo, sintiéndome mal tanto si compro como si no compro. Es algo que verdaderamente me sobrepasa. Lo mismo me sucede con los periódicos. Cuando mi hermano no se había convertido todavía en su sombra, los domingos siempre andábamos a la greña por el asunto de los periódicos. Ahora mi padre apenas lee, pero en ese tiempo tenía la costumbre de comprar dos periódicos el domingo. Tenía la peregrina idea de que leer un periódico teóricamente de izquierdas y un periódico teóricamente de derechas le haría más tolerante y plural, pero lo único que hacía con eso era constatar la desvergüenza generalizada en los dos periódicos. Así que acababa doblemente disgustado. Era un cálculo bienintencionado, pero erróneo. Obviamente mi padre no podía leer dos periódicos a la vez, pero no nos dejaba que cogiéramos ninguno de ellos si no había acabado los dos.  Al terminar su operación de pluralismo no podía aguantar más, así que el último periódico –solía ser el teóricamente de izquierdas-  siempre se quedaba en el cuarto de baño. A mi hermano y a mí nos gustaba leer ese periódico más que ningún otro. No teníamos nada que ver con el socialismo, siempre nos había parecido una idea criminal, pero ese periódico nos encantaba. Uno de esos domingos coincidimos los dos en la puerta del cuarto de baño. El fin del peregrinar intestinal de mi padre por la prensa se señalaba a toque de cisterna. Nos miramos desafiantes sin decir palabra. Todo se iba a decidir en cuestión de segundos. Entonces se abrió la puerta. Sin esperar a que mi padre saliera nos abrimos paso entre el olor a morgue, tratando desesperadamente de alcanzar el revistero al lado de la taza. A la altura del lavabo mi hermano dejó la pierna poniéndome la zancadilla, pero desde el suelo pude agarrarle del pie y hacerle caer. Durante un par de segundos lo tuve ko, pero en vez de correr a por el periódico cometí el error de intentar machacarle donde estaba, pensando que así me ganaría el derecho sobre el periódico para siempre. Me equivoqué. Mi hermano se dio la vuelta como un gato y me hundió la zapatilla de ir por casa en la boca del estómago. Quedé en el suelo retorciéndome de dolor, mientras él salía triunfante del baño con el periódico, dejándome con el olor de la mierda de mi padre.  

CMS

… (fragmento)

Al dejar la bolsa en el maletero he caído en la cuenta: el móvil de mi hermano no está entre sus efectos. Me refiero al último de ellos, porque mi hermano ha tenido decenas, centenares de móviles. Han sido pocos los que le han aguantado más de una semana. Es lo primero de lo que se desprende cuando necesita dinero o se le antoja una cerveza o un cubata y no tiene con qué pagarlos. A veces simplemente le agobia el hecho de que aquel aparato le permita tener contacto con la gente, de poder hacer con él una llamada que le arrastre de nuevo al fango. Le veo sentado en el asiento de copiloto de mi coche tratando de explicármelo, llevándose los dedos a la nariz. Tener móvil es la posibilidad de volver a la droga, de ponerse en contacto otra vez con los malos. La historia de mi hermano es la historia de la derrota de la voluntad, no es ninguna novedad, pero en ese momento vuelvo a tomar conciencia de su debilidad. Por eso cuando le digo en tono seco que eso no puede pasar lo hago sin ninguna esperanza de persuadirle. Esas frases han sido repetidas tantas veces, en cada uno de los tonos imaginables, que han acabado por pronunciarse mecánicamente, como si fueran un eco cada vez más apagado de las originales. Quizá sea lo mejor, desvincularse de esas palabras, dejarlas salir sin más, sin apenas rozar la garganta. Ya he pasado por todos los estados posibles respecto de él. A la admiración le siguió la indiferencia, luego la desconfianza, y a ésta rápidamente el miedo. Finalmente le odié. Le odié con todas mis fuerzas. Era la sombra de cualquier pensamiento, la nube lejana en un día soleado, el volcán dormido. De repente descargaba. Nada duele más que el dolor que provoca la familia. Ninguna preocupación es capaz de ocupar la cabeza de un modo tan voraz, tan acaparador. A la inquietud por mi hermano se sumaba la zozobra que creaba en mis padres. El mal funcionamiento de un miembro tumbando el cuerpo familiar entero. El aire viciado por completo. Durante mucho tiempo, hasta que uno se convence del error, al miedo se une la culpa, la sensación de que se ha hecho algo mal. Se rebusca en el pasado intentando encontrar las causas de la desgracia. Se ha consentido demasiado. La educación no ha sido la correcta. Cómo no haber estado más atento a las compañías, por qué no haber sido más duro. Necesitamos encontrar los fallos. Pero la verdad es que nada de esto es cierto. La humilde realidad es que el destino de una persona depende de cosas tan azarosas e invisibles que me resulta imposible nombrarlas. En lo que a mí respecta, sólo puedo decir que paulatinamente he comenzado a ver el problema de mi hermano de otra forma.  Sé que nunca podré abandonarle por completo. Los frecuentes períodos en que se queda sin móvil me dan el oxígeno necesario para volver a verle. Es como dejar el campo en barbecho una temporada. Sé que quedar con él es quedar con un vampiro. Te arrastra hacia su territorio, hacia el único lugar en que se encuentra a gusto y siente como propio: el bar. Desde que se fue de casa la mayor parte del tiempo que he pasado con mi hermano la he pasado en un bar. Siempre tratando de medir hasta dónde me dejaba coger, hasta dónde me dejaba hacer. El vampiro ve el brazo donde sólo hay una mano. Uno sólo se puede relacionar con él a través del cálculo. Pero también eso va poco a poco cambiando. Poco a poco tu cuerpo se va acostumbrado, funciona frente a él de un modo instintivo. Le invitas a un café, sí. A un paquete de tabaco, pero sabes que lo siguiente será un no. Y que ese no ya no te costará como las primeras veces, que conseguirás pararle los pies. Cuando él te vea firme no insistirá. Quizá lo haga una vez, pero no podrá vencerte. Que no te haga caso ya no es un problema. Él está ahí, en su mundo. Riéndose de no sé sabe qué cosa. Nunca lo cuenta si no le preguntas. Es el único agujero negro que nos queda realmente cerca. El jodido misterio de la mente humana, todo lo demás a está a la vista, sólo hace falta estar atento.

CMS