Archivo mensual: mayo 2010

Onírica

Toda mi vida he tenido el sueño bastante  ligero. Creo que dará prueba de ello el que, salvo las raras veces en que me ha preocupado llegar tarde a un compromiso importante, nunca he utilizado alarmas para despertarme. Me admiro ante esas personas que necesitan tres, cuatro, cinco intentos para salir de su sopor, que antes de acostarse preparan a conciencia el móvil –a veces incluso varios- para que suene cada tantos minutos con melodías que a mí me atacarían los nervios, y a las que finalmente acaba despertando algún familiar. En cierta ocasión conocí a una chica que, todavía después de dejar la casa de sus padres, seguía haciendo que aquéllos la llamaran cada mañana para despertarla. De no ser así no hubiera podido conservar ningún trabajo. En mi caso  basta con que programe la radio para que se ponga en marcha a una hora determinada, la sola voz del locutor me arranca de los débiles brazos de mi Morfeo particular. Mi sueño siempre ha tenido costumbres muy curiosas. Soy incapaz de dormirme si en la habitación de al lado hay un ordenador encendido. Tampoco cuando desde el final del pasillo llega el rumor de la televisión. Es como si el runrún de las máquinas impidiera a mi cabeza emitir en la frecuencia necesaria para aquietarse. Sin embargo, por contradictorio que parezca, desde que recuerdo siempre he dormido con la radio encendida. Me he dicho muchas veces que se trata de una manía, que probablemente me dormiría más rápido y mejor si no la pusiera, pero no puedo. Finalmente he de reconocer que a mí, al menos, me funciona. Sólo durante una época no eché en falta la radio a la hora de irme a la cama, y fue cuando vivimos en la playa, en el cuarto piso de unos apartamentos al lado del mar. El rumor cercano de las olas tenía el mismo efecto sobre mí que los programas deportivos que pueblan el dial en las primeras horas de la madrugada. Quizá aquella forma de encontrar el sueño fuese todavía mejor, pues en el sonido de las olas no hay nada a lo que puntualmente se quiera prestar atención. Ahora no vivo al lado del mar, pero tengo mi radio, y salvo alguna noche en la que alguna inquietud me tiene un rato extra dando vueltas al colchón, suelo quedarme dormido antes de que se deje de hablar del Real Madrid. Acostumbro a tener, además, buena memoria para las cosas que he soñado durante la noche, lo cual añade más dulce al hecho ya de por sí placentero de irse a la cama. Nunca se sabe cuando vamos a necesitar de un sueño absurdo para rememorarlo y pasar un buen rato. Pero hay una cosa que me ha fastidiado siempre en el tema de los sueños, y es el hecho de que se interrumpan sin contar con nuestra voluntad. No es que me preocupe encontrar algo en ellos que arroje luz sobre un aspecto crucial de mi vida, algún miedo infantil o juvenil, o descubrir alguna obsesión escondida como un caracol en algún lugar inexplorado de mi mente. Para todo eso me parece mucho mejor estar despierto. Tampoco es que crea que las historias que ahí suceden tengan un interés excepcional. La mayoría de las veces se trata de asociaciones tan imposibles que sólo podemos utilizarlas como anécdotas para aliñar conversaciones. Pero me hubiera gustado ver el final de alguna de esas situaciones inverosímiles –aunque esto sería como pedirle a los sueños la coherencia del cine o el teatro-, o simplemente seguir en ellas un rato más. Por empeño que le haya puesto, no he sido capaz nunca de soñar a voluntad con algo. Hay personas que consiguen recuperar sus sueños después de haber despertado de ellos. Los envidio. Lógicamente el no poder soñar lo que me apetezca no hace que me tire por la ventana, no estoy loco, pero sí me ha llevado a buscar la forma de poder arrastrar esos sueños hasta llevarlos más allá de los límites de la cama, ya que no podía hacer que volvieran a ella. Durante un tiempo pensé en escribir sobre ellos, en llevar una especie de registro de sueños. Me entristecía que pudieran perderse para siempre. Probé incluso a continuar aquellas historias sobre el papel. Jugué a imaginar qué sucedía después de lo que había visto con los ojos cerrados. El resultado fue frustrante. Lo único que hice fue constatar de nuevo mi falta de aptitud para la escritura, algo que en el fondo he sabido siempre, e igualmente siempre me he negado a aceptar por orgullo y soberbia. No tengo el talento necesario para hacer que las cosas cobren vida en el papel. Todo lo que aparece delante y dentro de mí, con todos sus colores y formas, transportado a la hoja se transforma en algo plano y gris. Nada de lo que escribo podrá satisfacerme por completo, ahora lo sé y no me importa. Lo que parecía un modo de hacer sobrevivir los sueños se convertía, gracias a mi escaso arte, en una forma más o menos elaborada, más o menos rimbombante, de asesinato. No tengo reparos en reconocerlo, al contrario, estoy contento de haberlo  aceptado al fin. De hecho fue la asunción completa de esta realidad lo que me llevó a idear un nuevo método de hacerle el boca a boca al asunto. Si de lo que se trataba era de revivir los sueños –¡no de difuminarlos y desvirtuarlos a base escrituras y relecturas!- la única forma honesta de hacerlo era intentar recrear esas mismas situaciones en la vigilia. En la realidad, por entendernos.  Puede que con ello atenuara el potencial de disparate, de generar consecuencias insospechadas, que tiene la fantasía. Entre gente despierta las cosas acontecen de una forma más reconocible, más esperable, de lo contrario supongo que sufriríamos de una falta de referencias tan enorme que las crisis de ansiedad serían continuas, y más de uno moriría de un ataque al corazón. Sin embargo, trasladar los sueños a la realidad era como volver a darles el soplo del cual habían salido. Permitía colocarse en lugares donde uno difícilmente podría llegar utilizando la lógica “normal” y ver qué sucedía allí. Por supuesto hay situaciones imposibles de recrear, detalles que no dependen de uno mismo, ante los cuales sólo cabe desistir. Nunca podré volver al colegio y reparar en que no llevo la ropa de calle, sino el pijama. Pero el día en el que me despedí de mi trabajo sí pude comprobar que no pasa absolutamente nada cuando se llevan zapatillas de ir por casa fuera de ella. No mucho más que unas cuantas miradas entre sorprendidas y risueñas, y algunas preguntas que ya no incomodan lo más mínimo. Los sueños, cuando no son recurrentes, tienen la mala costumbre de pillarnos siempre por sorpresa. Tampoco he logrado, por mucha gracia que le hiciera al contárselo, que Amparo se convirtiera en mi hermana embarazada, pero pude convencerla de que se colocara una almohada bajo la ropa y pidiera a mis padres el dinero suficiente para comprarse una cabaña. Entonces vi a mis padres convertirse en una burda imitación de sus correlatos oníricos, negando otra vez el dinero para la cabaña de Amparo. Volví al instituto para dejarme caer por el escalón donde siempre soñaba caer en la duermevela.  Recorrí junto a mi hermano Estados Unidos en una furgoneta preguntando a todo el mundo dónde estaba la guerra sin encontrarla nunca. Besé a aquella chica, pero no pude conseguir que tuviera la cara de la otra, ni hablar con ella sin abrir la boca.  Afortunadamente tengo tiempo. Mis circunstancias familiares me permiten dedicarme a la única vocación que he sentido siempre como propia: el ocio. Puedo emplear mi tiempo en soñar y después coger esos sueños y llevarlos a un lugar digno, donde no se tengan que esconder de nadie. Sin embargo hay un sueño que no he sabido nunca como imitar. Era una pesadilla que se repetía a menudo cuando era niño, casi cada noche durante años. Yo me encontraba en una habitación oscura, estoy seguro de que era una habitación, pero era una habitación sin límites, sin paredes y oscura, uno de esos espacios que sólo pueden existir en la imaginación. De repente la oscuridad comenzaba a crecer y crecer hasta hacerse insoportable, aumentando los límites de la habitación más allá de donde pudiera ver. Entonces me entraba una angustia atroz, horrible, me despertaba sobresaltado y gritaba: ¡mamá!, ¡mamá! No podía dejar de gritar mamá hasta que mi madre respondía desde su habitación.  

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