Luis Guitarra – Desaprender la guerra

Desaprender y aprender…

¿Quiénes fueron?…

Hacía ya tiempo que no escribía nada en el blog y hoy voy a hacer una excepción a medias. Porque lo que me trae aquí no es algo propiamente mío, sino un poemilla con el que me he encontrado esta tarde y ha hecho que me acuerde de que tengo un blog. 

Los últimos días -durante el tiempo que el trabajo y otras ocupaciones me han dejado- he asistido a unos talleres de pastoral. La última sesión, la de hoy, estaba dedicada a la poesía. La poesía como recurso para suscitar debate sobre temas actuales entre jóvenes. El taller lo dirigía Enrique Falcón, profesor de literatura, poeta y raspa inquieta, del cual no había oído hablar, pero que guardaba un parecido asombroso con un libertario que se me aparece de vez en cuando en la imaginación. 

Llegado un momento, Enrique ha esparcido por el suelo poemas de varios autores actuales, para que buscáramos un par que nos llamaran la atención, que nos gustaran. 

Éste es el segundo que he cogido -el primero me gustaba más por estética literaria, no tanto porque me afectara el contenido-. Sin grandes ni impactantes imágenes, sin recursos impresionantes, le pasa como a muchas películas de suspense -o al menos esa impresión me da-: está pensado desde el final. Un final chocante, que para algunos podrá ser hasta contrarrevolucionario. O sea, superrevolucionario en fin. 

“¿Quiénes fueron?…”

Jose Mª Gómez Valero (Sevilla, 1976)

 

¿Quiénes fueron?

¿Quiénes señalaron nuestros nombres

en las grandes plazas

y se burlaron de nuestras llagas?

¿Quiénes arrancaron el corazón

a los caballos que tan lejos

habían de llevarnos?

¿Quiénes convirtieron nuestros puños veloces

en estos torpes muñones de esparto?

¿Quiénes crearon el molde

donde una y otra vez

se fragua la muerte?

¿Quiénes fueron?

Que den un paso al frente, 

que ya está bien de tanto llanto. 

Que den ahora un paso al frente, 

 

que los vamos a perdonar. 

Buen corazón

Lo admiré siempre. Me parecía que tenía un sentido del humor insuperable. Ahora el cinismo lo había deslizado hacia el silencio. En el fondo, tenía buen corazón. 

CMS

La voz de Dios

La voz de Dios son todas las voces del mundo, cuando todas las voces del mundo callan. 

CMS

Taller de política, diversión y evasión. Una idea del 15-M

Puede que parte del atractivo del llamado Movimiento 15-M haya tenido que ver con la idea del taller. El taller es, según yo lo veo, un lugar donde aprender a hacer algo de una forma más o menos lúdica, en relación con otras personas que comparten ese mismo gusto o interés. Hoy existen talleres de pintura, de costura, talleres –por qué no llamarlos así- de cocina o literatura… Pero no existen talleres de política, de hacer política. Para hacer esto es necesario afiliarse a un partido. Y, como sabemos, los partidos vienen trabajando hace tiempo en una crisis de credibilidad profunda, que se ha extendido, además, desde los más grandes hacia los más pequeños, como una sombra de sospecha que hace dudar de todos a priori, aunque no hayan tocado pelo siquiera. Exigen también una implicación y un compromiso con el ideario y su forma de actuar que generaría tensión en mucha gente. Vamos, que la adaptación de una persona -con todas sus caras- a la estructura de un partido no es fácil. Para algunos podría ser hasta traumática. Sin embargo, esta decepción no ha extinguido por sí sola el deseo de participar de muchos.

Más allá del contenido –ninguna propuesta era demasiado novedosa-, o de la forma –el debate democracia asamblearia, democracia representativa tampoco es nuevo, y en el fondo nadie sensato pide más que la corrección de las limitaciones y posibles abusos de la segunda por la primera-, creo que lo específico del 15-M ha sido el estar en la calle en un momento en que la sensación de distancia con los políticos era muy fuerte. Estar en la calle como un taller, como esa unión entre algo práctico y algo lúdico.

Parece necesario: si algo quiere triunfar hoy tiene que traer consigo entretenimiento. Una parte de juego, vaya. Compromiso, sí, pero también evasión. Quizá por eso las protestas, más que en grandes discursos y manifiestos, vienen en cacerolas y pistolas de agua. Porque, si no, agobian. Dedicarse a la política a fondo agobia. Solo a quien tiene un afán de poder, de influir, de aparecer, superior al común le sale a cuenta.

Si a una situación que se entiende injusta, que despierta deseos de justicia, se le une esa parte de diversión, el éxito está casi asegurado. Pero conviene no olvidarlo: aunque en una sociedad sin grandes convicciones profundas –a lo mejor escondidas en habitaciones desordenadas- lo lúdico es un gancho fundamental, el motor de las personas sigue estando en sus valores. Y, sin embargo… ha sido tal la crítica, tan radical el ataque a las convicciones, a la idea misma de verdad en definitiva, que muchas veces acabamos viviendo nuestras ideas y creencias como neurosis, preguntándonos  si creer firmemente en algo es propio de locos. ¿Estaré transformándome en un terrorista noruego? Es la pregunta que puede hacer temblar las piernas de cualquier idea que empiece a coger fuerza. Así que sin la diversión no nos pasamos la píldora.

Pero la diversión, siendo un gancho enorme, también es muy débil: solo dura hasta que encontramos otra cosa que nos  entretiene más o, como se dice del amor que no lo es, se gasta de tanto usarla. Por eso cuando se acaba y tendría que aparecer el verdadero compromiso –aquél al que llevan las convicciones profundas-, son pocos los que permanecen.

Mata

Cruzó un par de palabras con Torres y Lampard, se santiguó, y se puso a correr. Hay gente que merece que las cosas le salgan bien. Qué buen tío -y futbolista- es Juan Mata. Y eso que a veces parece que corra como encogido, que le salga chepa para fajarse entre las montañas que le salen al paso. Casi todas más altas que él, pero no más grandes. Y enseguida a ofrecerse, pegado a la banda, viniendo hacia dentro, tocando, doblando, cogiendo los galones que se dice. Hasta Lampard parecía buscarle. Este chico parece de fiar, pudo pensar. Es verdad que la suerte hay que buscársela. Por eso no es del todo suerte que cuando el defensa falle Mata esté ahí, donde el balón, se la acomode en la zurda, que es su diestra, y encare -para adentro, para adentro-, que vea casi sin ver el hueco al palo largo y que la ponga ahí, donde le da la gana. Lo celebramos casi como si fuera del Valencia. Porque, en cierta forma, Mata siempre será del Valencia. 

P.S: Para quien pueda haberse inquietado: no, no me he levantado de la siesta transformado en un rapsoda argentino. Pero, a veces, el fútbol merece que se hable bien de él. 

La “d” imperativa

Uno de los errores ortográficos que más me llama la atención es el que consiste en sustituir la “d” de la segunda persona del plural del imperativo por una “r”.  Esto es, transformar la forma verbal en un infinitivo. Veamos un sencillo ejemplo: 

– ¿Dónde te toca esta vez?

– Esta vez vamos a Escocia, a las Highlands. 

– ¡Qué bueno! ¡Pues pasarlo bien! 

En el fondo no tiene la menor importancia a nivel práctico. No me imagino ninguna situación real en que el error dé lugar a confusión. Pero… ¿por qué pasa esto? La primera razón que se me ocurre es simple: no se sabe. La segunda es que estamos acostumbrados a usar el verbo en infinitivo, y se nos hace raro que pueda terminar en “d”. No no, tiene que ser con “r”, ¿qué dices?

Sin embargo, hay una tercera que me parece todavía más razonable: el imperativo es a veces muy agresivo. Conviene suavizarlo. ¿Por qué no con una “r”, que además cuela fácil?  Ya hay mucha gente que se pasa la ortografía por el orto para no parecer demasiado preocupada por ella, pero resultar agresivo es el colmo. Hay algo violento en el imperativo, incluso cuando es para bien. Hay algo muy coercitivo en esa “d” del imperativo. Veamos otro sencillo ejemplo:

–  ¿Dónde os toca esta vez?

– Esta vez vamos a Escocia, a las Highlands. 

– ¡Coño! ¡Pues a pasarlo bien!

Este usuario inventado por mí ha optado por evitar el imperativo y transformarlo en un amistoso “a pasarlo bien”. Y encima le ha añadido un casticísimo “¡coño!” al asunto. Chico/a listo/a. 

En fin… que, en mi opinión, la “d” del imperativo tiene los días contados. Es una pena, porque está bien que existan estas pequeñas singularidades. Pero me temo que no hay vuelta atrás, “D”. Y ya en mayúscula ni hablamos. En mayúscula una “D” imperativa es como…

… una uña del dedo gordo muy afilada.

Como…

… la cabeza de una pala hundiéndose en el oído…, en los ojos…, en el corazón.

Como…

… la punta de la lengua de un monstruo de metal.

Una “d” imperativa duele demasiado. 

Asi que… chao, guapa. Hasta la próxima postglaciación ortográfica.